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domingo, 11 de octubre de 2026

Rocky, Stallone y los 13 kilómetros que corrí por Filadelfia

Hay libros que nos cuentan una historia. Otros nos llevan de regreso a lugares donde alguna vez estuvimos. Y unos pocos consiguen que miremos nuestra propia vida desde otra perspectiva.

El viernes decidí no hacer nada. Ningún proyecto pendiente, ninguna actividad programada. Solo quería leer.

Había dejado temporalmente El siglo del silencio, de Noreena Hertz, para comenzar The Steps, de Sylvester Stallone. Desde las primeras páginas quedé atrapado por la historia de un hombre que, antes de convertirse en una de las figuras más reconocidas del cine, tuvo que enfrentarse a circunstancias que parecían condenarlo al anonimato.

Conocemos a Stallone por Rocky Balboa y John Rambo. Por sus películas, su físico y esa peculiar manera de hablar que terminó convirtiéndose en una de sus características más reconocibles.

Pero detrás de esa imagen había un hombre con dificultades económicas, problemas personales, una lesión facial desde su nacimiento y una interminable sucesión de rechazos.

Resulta sorprendente descubrir cuánto tuvo que atravesar antes de conseguir una oportunidad.

Y mientras avanzaba en la lectura, comenzaron a aparecer mis propios recuerdos.

Una mañana en Filadelfia

El 17 de octubre de 2023 estaba en Filadelfia.

El día anterior habíamos recorrido a pie los alrededores del Museo de Arte, visitado la estatua de Rocky y conocido las famosas escaleras que aparecen en la película.

Pero yo tenía algo pendiente.

Quería correr por aquella larga avenida, llegar hasta el museo, subir las escaleras y levantar los brazos frente al amanecer, como lo había hecho Rocky Balboa.

No era una ocurrencia improvisada. Era algo que tenía decidido hacer.

A la mañana siguiente salí a correr.

Recorrí las calles de Filadelfia mientras la ciudad comenzaba a despertar. La ruta me llevó por la avenida que conduce al museo, con esa imponente construcción al fondo.

Finalmente llegué a las escaleras.

Las subí, recorrí la explanada y levanté los brazos mientras aparecía el sol.

Había cumplido uno de esos pequeños sueños que uno guarda durante años.

La actividad quedó registrada en Strava: 13,14 kilómetros, una hora y 51 minutos de movimiento, a un ritmo promedio de 8:27 por kilómetro.

También me fotografié junto a la estatua y sobre la placa de Rocky.

No estaba buscando ninguna marca deportiva. Simplemente quería vivir aquella experiencia.

Tres años después, leyendo la historia de Stallone, esos recuerdos regresaron con una intensidad inesperada.

Antes de Rocky

Una de las partes más interesantes del libro es descubrir cómo Stallone intentó abrirse camino en una industria que parecía no tener espacio para él.

Su apariencia física, su voz y sus dificultades para expresarse eran obstáculos importantes para alguien que pretendía convertirse en actor.

Llegó a vivir situaciones de precariedad extrema, acumuló rechazos y atravesó momentos en los que continuar parecía poco razonable.

Sin embargo, siguió escribiendo, buscando oportunidades y presentándose a audiciones.

La creación de Rocky fue decisiva.

Stallone no solamente había escrito una historia. Había construido un personaje que, de alguna manera, reflejaba sus propias dificultades.

Un boxeador desconocido, con pocas posibilidades de triunfar, que recibe una oportunidad extraordinaria.

Y que decide aprovecharla.

Lo interesante es que Rocky no necesitaba ganar el combate para demostrar algo. Su verdadero desafío era llegar hasta el final.

Esa diferencia, aparentemente sencilla, contiene buena parte de la fuerza del personaje.

Cuando los papeles se invierten

Hubo un episodio del libro que me hizo detener la lectura.

Durante la selección de actores para Rocky, Stallone comienza a evaluar candidatos y a descartar algunos por diferentes razones.

De pronto, aquel hombre que había soportado innumerables rechazos estaba sentado al otro lado del escritorio.

Ahora era él quien debía decidir quién recibía una oportunidad.

Me pareció que ese momento merecía una reflexión más profunda.

Durante años le habían dicho que no reunía las condiciones necesarias para convertirse en actor. Sin embargo, al seleccionar el reparto, también descubría que no todas las personas eran adecuadas para determinados personajes.

Un buen actor podía no encajar en una película.

Una persona talentosa podía ser rechazada sin que eso significara que carecía de capacidades.

El libro no profundiza demasiado en esa contradicción, al menos no de la manera en que esperaba encontrarla.

Pero como lector me dejó pensando.

A veces interpretamos un rechazo como una evaluación definitiva de nuestras capacidades, cuando puede responder a circunstancias, expectativas o criterios que ni siquiera conocemos.

Y quienes toman esas decisiones tampoco son infalibles.

El éxito que vemos y el camino que desconocemos

Hay algo particular en las biografías de personajes famosos.

Conocemos el desenlace antes de comenzar a leer.

Sabemos que Stallone consiguió protagonizar Rocky, que la película fue un éxito extraordinario y que obtuvo el Óscar a mejor película en 1977.

Pero él no conocía ese futuro cuando buscaba trabajo, cuando no tenía dinero o cuando escuchaba una nueva negativa.

Nosotros leemos sus dificultades sabiendo que finalmente triunfará.

Él tuvo que vivirlas sin esa certeza.

Y creo que ahí está una de las lecciones más interesantes del libro.

Desde el presente resulta sencillo reconstruir una historia y encontrar señales que parecían anunciar el éxito. Sin embargo, cuando uno está atravesando una etapa difícil, esas señales no existen con la misma claridad.

Solo hay decisiones, incertidumbre y la posibilidad de seguir intentando.

También intervienen las oportunidades, las circunstancias y, por supuesto, otras personas.

La perseverancia es importante, pero no convierte el éxito en algo inevitable.

El regreso a las escaleras

Hacia el final del libro, Stallone recuerda una celebración del Día de Rocky, el 3 de diciembre, en las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia.

Cuenta que el clima era terrible y que no esperaba encontrar demasiada gente.

Se equivocó.

Una multitud había acudido bajo la lluvia para celebrar a un personaje que, décadas después de su aparición, seguía representando algo importante para muchas personas.

No estaban allí únicamente para homenajear a un boxeador ficticio.

Estaban celebrando una historia con la que podían identificarse.

La de alguien común, lleno de dudas, que no había conseguido todo lo que esperaba de la vida, pero que se resistía a abandonar.

Al leer esas páginas recordé nuevamente mi carrera de octubre de 2023.

La avenida, el museo, las escaleras, la estatua y aquella mañana luminosa.

Recordé también la satisfacción de llegar hasta arriba y levantar los brazos.

En ese momento no conocía todos los detalles de la vida de Stallone. Había visto sus películas, admiraba al personaje y quería experimentar aquella escena.

Ahora comprendo mejor por qué esas escaleras significan tanto para tantas personas.

No representan únicamente la victoria.

Representan el esfuerzo de llegar.

Seguir intentando

Terminé el libro con una sensación que no siempre dejan las biografías.

No fue solamente admiración por el protagonista ni sorpresa por su extraordinaria transformación profesional.

Fue una invitación a reflexionar sobre la perseverancia, las oportunidades y nuestra manera de enfrentar los momentos difíciles.

Stallone pasó de luchar por conseguir pequeños papeles a protagonizar una película que ganó el Óscar. Su vida cambió radicalmente en un período sorprendentemente corto, después de muchos años de dificultades.

Pero me quedo con algo distinto de su historia.

No sabemos cuándo aparecerá una oportunidad. Tampoco podemos asegurar que nuestros esfuerzos producirán exactamente los resultados que esperamos.

Lo que sí podemos hacer es prepararnos, aprender de los errores, modificar nuestras estrategias y continuar.

Y entender que seguir intentando no significa repetir indefinidamente lo mismo.

A veces implica cambiar de camino.

Otras veces, aceptar que el futuro no tendrá la forma que habíamos imaginado.

No será mejor. No será peor. Será diferente.

Quizás algún día vuelva a Filadelfia y recorra nuevamente aquella avenida.

Me gustaría hacerlo.

Volver a subir las escaleras, contemplar la ciudad y levantar los brazos frente al amanecer.

Pero esta vez llevaría conmigo algo más que el recuerdo de una película.

Llevaría la historia del hombre que la escribió.

Y una convicción sencilla que recuperé al cerrar el libro:

Hay que seguir intentando. Sí se puede.

--



*Fotografías: Filadelfia, 17 de octubre de 2023. Carrera matutina de 13,14 kilómetros hasta el Museo de Arte de Filadelfia y la estatua de Rocky Balboa.*