Sobre las máquinas que aprendieron a mirar por nosotros
«Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo eje».
— Henri Cartier-Bresson
I. Un frío cuerpo sobre el escritorio
Descansa sobre un ricón de mi mesa de trabajo, con la gravedad de un artefacto de otra era, y con su aleación de magnesio que conserva ese peso honesto de las herramientas construidas para durar, casi ajenas a la obsolescencia programada. Es una Nikon D300s.
A través de la bayoneta metálica todavía se logra divisar la ingeniería que conecta el cuerpo con el cristal de un modesto 50 mm de apertura fija, o aquel teleobjetivo con el que solía aislar fragmentos del mundo a la distancia. Mirar la cámara hoy me produce una punzada extraña, una mezcla de culpa y melancolía.
Durante años, la fotografía fue el contrapeso exacto a mis horas de docencia universitaria; un refugio donde el tiempo no se medía en diapositivas ni en lecciones académicas, sino en fracciones de segundo y en la dirección en que caía la luz en la golden hour.
En aquel entonces, domar la luz era un oficio paciente. Había que caminar y esperar a que las sombras alargaran su trazo. Había que entender que el sensor imponía límites en unos cuantos megapixeles y que uno debía aprender a trabajar dentro de ellos.
Hoy, la Nikon acumula un velo casi imperceptible de polvo, testigo mudo de cómo el mundo cambió de prisa mientras mi vida laboral devoraba las horas libres.
II. La liturgia del error
Hubo una época en que hacer una buena fotografía dolía un poco. Implicaba el riesgo palpable de equivocarse. Ya que, conocer el triángulo de exposición conformado por la sensibilidad ISO, la velocidad del obturador, la apertura del diafragma, no era un ejercicio de arrogancia técnica. Era el lenguaje con el que uno negociaba con la realidad.
El diafragma decidía a quién invitabas al encuadre y a quién condenabas a desaparecer en un bokeh suave. La velocidad establecía la frontera entre congelar un aleteo efímero o rendirse al dinamismo de una estela borrosa. Y el ISO recordaba que ganar luz en la penumbra tenía un precio, el ruido. Esa imperfección que terminaba convirtiéndose en parte de la textura de la noche. Después venía la pausa.
Descargar la tarjeta de memoria en la computadora, revisar las imágenes y descubrir que aquella fotografía que parecía perfecta en el instante de tomarla estaba ligeramente fuera de foco. Abrir Photoshop, no como un generador de milagros informáticos, sino como una suerte de cuarto oscuro digital, donde se podía ajustar las curvas tonales, recuperar las luces altas y cuidar los negros. Para finalmente subir la foto digital a Flickr, ese el pequeño rincón que yo habitaba en la red, una comunidad de miradas atentas donde se discutían encuadres, objetivos y metadatos, donde cada imagen publicada era el resultado de una sucesión de decisiones deliberadas.
No quiero idealizar aquella época, no extraño las fotografías perdidas por haber medido mal la luz. Tampoco quisiera renunciar al autofocus, a la estabilización automática, ni a décadas de avances tecnológicos. Sería absurdo confundir dificultad con arte.
Lo que extraño es otra cosa, la sensación de que cada decisión tenía un resultado.
III. La dictadura del píxel
Ayer, el gigante de Cupertino volvió a convocar al planeta para presentar una nueva generación de teléfonos. Y ocurrió algo curioso.
El nuevo iPhone 18 Pro incorpora una cámara principal de 48 megapíxeles con apertura variable. Por primera vez, en un iPhone es posible controlar físicamente el diafragma y ajustar manualmente parámetros como la apertura, la velocidad de obturación y el balance de blancos.
Mientras la industria avanza hacia una fotografía cada vez más sintética, Apple recupera controles que durante décadas pertenecieron al vocabulario tradicional del fotógrafo. Quizás no sea una contradicción, quizás sea una señal. Porque detrás de esos controles físicos continúa operando una extraordinaria maquinaria invisible. Una nueva cadena de procesamiento computacional analiza la información capturada por el ultra sensor digital, combina mega datos y toma decisiones asistidas destinadas a producir una imagen cada vez más detallada y satisfactoria.
Los teléfonos inteligentes ya no se limitan a capturar la realidad, también la calculan, la corrigen y, cada vez más, la sintetizan. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Ya no necesitamos esperar pacientemente la luz que queremos, la inteligencia artificial puede reconstruir buena parte de lo que la escena no nos entregó.
Una composición puede modificarse después de la captura, un elemento indeseado puede desaparecer, el encuadre puede extenderse más allá de sus límites originales y el vacío resultante puede llenarse con píxeles perfectamente calculados. Y ahí aparece una palabra que me inquieta más que perfecto… plausible.
IV. ¿Dónde termina la fotografía?
Tal vez por eso la pregunta importante ya no sea si un teléfono puede tomar mejores fotografías que una cámara de hace quince años. Por supuesto que puede hacerlo en innumerables situaciones. Tampoco tiene demasiado sentido preguntarse si la inteligencia artificial terminará sustituyendo al fotógrafo, la tecnología lleva sustituyendo partes del trabajo fotográfico desde mucho antes de que utilizáramos esas dos palabras juntas. El fotómetro automatizó decisiones, el autofocus automatizó otras, los modos de exposición hicieron lo mismo. La fotografía digital eliminó el costo del negativo y nos permitió disparar cientos de veces donde antes habríamos pensado cuidadosamente antes de gastar una exposición y Photoshop trasladó el cuarto oscuro a una pantalla.
Cada generación recibió alguna de esas innovaciones con sospecha y terminó incorporándola a su lenguaje. La pregunta contemporánea es diferente: ¿Cuánto puede decidir la máquina antes de que dejemos de considerar nuestra la mirada?
Estamos atravesando una frontera nueva. Capturar, procesar, reconstruir, modificar, generar y publicar. Las palabras parecen describir etapas consecutivas de un mismo proceso, pero en algún lugar entre ellas cambia la naturaleza de aquello que estamos haciendo.
¿Dónde? No estoy seguro.
Quizás nadie lo esté todavía.
Una fotografía tomada con mi vieja Nikon tampoco representa la realidad. Yo elegí el objetivo, la distancia, el encuadre, la apertura, la velocidad, el instante exacto. Después elegí el contraste, la temperatura, la saturación y el recorte.
Siempre hubo interpretación, pero existía una restricción extraordinariamente poderosa: el mundo tenía que ofrecerme algo primero. Yo podía interpretar aquella luz, no podía inventarla. Podía esperar a que una persona cruzara determinada esquina, no podía crearla después porque la composición quedaba mejor con alguien allí. Podía borrar una imperfección mediante la edición.
La historia de la fotografía está llena de manipulaciones mucho anteriores a Photoshop, pero hacerlo significaba intervenir conscientemente sobre el documento original. Hoy esa frontera se vuelve casi invisible, y quizás ese sea el verdadero cambio. No estamos pasando simplemente de la fotografía analógica a la digital, ni de la cámara al teléfono. Estamos transitando lentamente de la captura a la generación.
V. Las memorias que nunca ocurrieron
Durante generaciones utilizamos las fotografías como una prótesis de la memoria, una caja llena de copias familiares que no conservaba simplemente imágenes, conservaba pruebas.
Mi padre estuvo allí, mis hijos alguna vez tuvieron esa edad y yo estuve frente a aquel mar. Esa tarde existió.
Naturalmente, la memoria humana siempre fue imperfecta y la fotografía nunca contó toda la verdad, pero ambas podían apoyarse mutuamente, la imagen servía como una pequeña evidencia física de que determinado instante había sucedido delante de alguien.
¿Qué ocurrirá cuando nuestras galerías comiencen a mezclar fotografías capturadas, imágenes reconstruidas e imágenes generadas ¿Qué sucederá cuando podamos corregir no solo la luz de nuestros recuerdos, sino también su contenido?
Eliminar a quien ya no queremos allí, añadir a quien faltaba y cambiar un cielo, reconstruir un lugar. Inventar el instante exacto que hubiera sido perfecto fotografiar, pero que nunca ocurrió.
Quizás las futuras generaciones no sientan ninguna incomodidad ante ello y nuestra obsesión por distinguir entre captura y síntesis les parezca tan pintoresca como hoy nos parece discutir si una fotografía digital es menos auténtica que un negativo, pero algo habrá cambiado.
La fotografía habrá dejado de decir principalmente: esto ocurrió. Para comenzar a decir: esto podría haber ocurrido. Y entre ambas frases existe un abismo.
VI. El sonido del espejo
Extiendo la mano y levanto mi vieja Nikon del escritorio, su empuñadura de goma gastada encaja todavía a la perfección en la palma. Miro por el visor óptico, ese pequeño túnel de cristal a través del cual la luz del mundo llega directamente mi ojo. Presiono el disparador hasta la mitad, el sistema de enfoque despierta y resuena con una melodía añeja, el lente busca un contraste, encuentra algo. Disparo al aire.
El golpe seco del espejo levantándose y el chasquido metálico del obturador cortando el tiempo resuenan en la habitación como un eco terco. Es un sonido real, no el wav que utilizan los teléfonos inteligentes de hoy. No aparece ninguna fotografía memorable, probablemente ni siquiera sea una buena fotografía. Y, sonrío.
Quizás no sea la fotografía la que esté en proceso de extinción. Quizás sea algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más íntimo. Una determinada manera de relacionarnos con el acto de mirar, una manera en la que la imperfección no era necesariamente un defecto, en la que esperar formaba parte de fotografiar, en la que no todas las imágenes podían salvarse, en la que había que aceptar que algunas veces la luz llegaba demasiado tarde, que el instante se escapaba o que simplemente habíamos fallado.
Y quizás ahí residía una parte de su belleza, no en la dificultad por si misma, no en la nostalgia por mecanismos, botones o espejos que inevitablemente pertenecen a otra época. Sino en la vulnerabilidad de una mirada humana que aceptaba la posibilidad del fracaso con tal de intentar atrapar un instante irrepetible.
La máquina podrá producir imágenes técnicamente extraordinarias, podrá reconstruir la luz, corregir nuestros errores e incluso imaginar escenas que jamás estuvieron frente a nosotros, pero todavía queda una experiencia profundamente humana que no cabe dentro del archivo moderno, el contener la respiración mientras se espera el milagro de la luz.


