viernes, 23 de enero de 2026

La dignidad de no detenerse

Eran las 6:00 de la tarde y la ciudad rugía. No era un ruido cualquiera; era esa bestia de mil cabezas hecha de bocinas, sirenas y motores acelerados que devora a cualquiera que se detenga. Pero se detuvo.

Frenó su moto justo en esa franja de asfalto que los arquitectos olvidan dibujar: la zona muerta junto a la acera, delimitada por una línea amarilla despintada. Esa línea era lo único que separaba el seguir corriendo del colapso total.

Dejó caer la frente sobre el manubrio. El casco chocó suavemente contra el plástico del tablero. Cerró los ojos. Por un instante, el estruendo de la avenida se convirtió en un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua.

Ese día había recorrido calles que no salen en las postales turísticas. Había subido y bajado de torres de concreto, entregando sushi y hamburguesas gourmet a gente que ni siquiera le miraba a los ojos al recibir el paquete. En la caja roja de su espalda llevaba una cena caliente, olorosa, reconfortante; pero dentro de su chamarra, pegado a las costillas, llevaba un frío distinto. Era el frío de la repetición. De sentirse un engranaje oxidado en una máquina que nunca duerme.

—¿Para qué? —pensó. La pregunta le pesaba más que la moto.

Estaba a punto de llamar a la central y decir "basta", cuando abrió los ojos. Su mirada se clavó en el suelo. Allí, bajo sus botas gastadas, había unas flechas blancas pintadas sobre el pavimento gris. Estaban sucias, erosionadas por millones de neumáticos, pero seguían ahí.

Apuntaban hacia adelante.

En ese silencio estático, en medio del caos, entendió algo que ningún algoritmo de la aplicación le podía decir. Esas flechas no prometían un destino. No decían "llegarás a un palacio" ni "llegarás al descanso". Solo decían: Sigue.

Se dio cuenta de que su cansancio no era una señal de derrota. Al contrario, era la cicatriz de que lo estaba intentando. Era la prueba física de que no se había rendido. La felicidad, pensó, tal vez no es un lugar al que se llega para descansar, sino la terca decisión de renovarse cada vez que el semáforo cambia a verde.

Respiró hondo. El aire olía a gasolina y lluvia reciente, pero le supo a gloria.

Enderezó la espalda. Hizo crujir sus hombros. No porque el dolor se hubiera ido —ahí seguía, punzante—, sino porque recordó que él no era la carga que transportaba. Él era quien manejaba la máquina.

Giró la llave. El motor tosió y luego rugió, uniéndose al coro de la ciudad. Metió primera y soltó el embrague. La moto avanzó sobre las flechas blancas. Ya no buscaba llegar más lejos que nadie; simplemente, decidió no apagarse en el camino. Y eso, esa pequeña victoria invisible sobre la línea amarilla, fue suficiente para terminar el día.



Lo que aún no cuento

A pocos minutos de que el avión despegara, justo cuando ya me resignaba a desconectar el celular y dejar atrás cualquier vínculo con el mundo inmediato, llegó un mensaje de Mauricio. Me preguntaba por el título de un libro que alguna vez le había recomendado y, casi como un gesto de reciprocidad, me sugería otro: El arte de contar historias, de Matthew Dicks.

No le di demasiada importancia en ese momento. O eso creí.

Al llegar a mi departamento, todavía con el cansancio del viaje adherido al cuerpo, dejé la maleta cerrada en un rincón. Antes de cualquier otra cosa, tomé el Kindle y descargué las primeras páginas del libro, sin demasiadas expectativas, apenas con la curiosidad justa para saber si valía la pena. Bastaron unas pocas páginas para darme cuenta de que no iba a ser una lectura más.

El libro no habla solo de contar historias, sino de aprender a mirar la propia vida con atención. Dicks insiste en que todos tenemos relatos valiosos, pero casi nunca nos detenemos a observarlos: los momentos pequeños, las escenas cotidianas, los instantes aparentemente insignificantes que, bien contados, revelan quiénes somos. No se trata de inventar grandes hazañas, sino de reconocer el sentido oculto en lo ordinario.

Seguí leyendo hasta cerca de la una de la madrugada, no tanto por ansiedad, sino por una sensación difícil de nombrar: la impresión de que alguien estaba poniendo en palabras ideas que yo había intuido, pero nunca había sabido ordenar. Esperé despierto a que el banco habilitara mi tarjeta para comprar la versión completa, como si interrumpir la lectura fuera una forma de perder el hilo de algo más profundo.

Recién hoy, a las siete de la mañana, pude retomarla. Y aquí sigo. El libro avanza, pero también lo hace una reflexión incómoda y necesaria: cuántas historias personales he dejado pasar por no prestar atención, por no detenerme, por no escucharlas a tiempo.

Así que sí, cambio de planes para el fin de semana. Si no soy capaz de reconocer las historias que ya habitan mi propia vida, ¿Cómo sabré cuáles merecen ser contadas antes de que se pierdan para siempre?



viernes, 14 de noviembre de 2025

No todo lo que brilla es IA

A principios de los años 80, cuando las calles parecían más amplias y el mundo avanzaba a un ritmo que hoy llamaríamos pausado, el Atari 2600 brillaba como un objeto de deseo para cualquier niño o adolescente. Yo no era la excepción. En cada recreo observaba a mis compañeros intercambiar historias de partidas épicas, niveles superados y glitches misteriosos que los hacían reír por horas. Pac-Man, Space Invaders, Pitfall… eran nombres que tenían la solidez de los mitos. Yo los escuchaba desde fuera, sintiendo que existía un club al cual no tenía acceso.

Así que comencé a pedir mi propio Atari. No una, sino decenas de veces. Era insistente, casi ritual. Pero mi padre siempre devolvía la pelota con una pregunta que, en ese entonces, me sonaba a castigo: “¿Por qué?”. Hoy entiendo que no lo era. Respondía que mis amigos lo tenían, que yo también quería divertirme, que sacaba buenas notas y cumplía mis obligaciones. Pero nada de esto parecía tener fuerza suficiente para convencerlo. Había algo detrás de su razonamiento que no lograba comprender.

Mientras tanto, mis compañeros seguían perfeccionándose en sus batallas digitales, y yo encontraba mi propio terreno de juego en lugares diferentes. Los juguetes a batería eran para mí algo más que objetos de diversión: eran sistemas. Los desarmaba con la concentración de un pequeño cirujano y observaba cómo cada pieza encajaba en la siguiente. Extraía motores, engranajes, ejes diminutos, y los volvía a unir de formas nuevas. Un auto podía transformarse en un bote capaz de flotar en la tina; un mecanismo fallado podía renacer como otro invento. No tenía Atari, pero tenía un laboratorio silencioso lleno de posibilidades. Aunque no lo sabía entonces, ese laboratorio me enseñaría más sobre tecnología, curiosidad y creación que cualquier videojuego.

Con el tiempo, llegó finalmente la consola. Tal vez fue en la Navidad del 83 o del 84. El objeto que tanto había deseado por fin estaba en mis manos, justo cuando ya no era novedad. Mi hermano y yo pasamos semanas embelesados frente a la pantalla, atrapados por esos universos de colores brillantes y movimientos repetitivos. Pero como ocurre con las modas, el entusiasmo se fue apagando. El aparato quedó ahí, en una esquina, mientras yo regresaba a mi destornillador, mis piezas sueltas y mis experimentos. Lo que quedó grabado no fue la emoción del juego, sino la enseñanza que escondía aquella pregunta repetida de mi padre.

Esa pregunta, “¿por qué?”, se transformaría años después en una brújula para interpretar no solo mis propios impulsos, sino también los de las organizaciones frente a la adopción tecnológica. Hoy, mientras las empresas se debaten entre adoptar o no inteligencia artificial, aquella historia personal cobra una relevancia insospechada.

Vivimos un momento en el que la presión por adoptar IA parece tan fuerte como la presión infantil por tener un Atari. Muchos líderes sienten que, si no integran la tecnología rápidamente, quedarán rezagados, invisibles o anticuados. Ven a la competencia mostrar resultados, lanzamientos, prototipos, y piensan que deben seguirlos para no perder el ritmo. Pero la pregunta que debería guiar la conversación no es “¿qué debemos comprar?” ni “¿qué modelo debemos usar?”, sino exactamente la misma que me hacía mi padre: “¿por qué?”.

En el ámbito corporativo, esta pregunta se vuelve aún más incómoda. Obliga a desnudar la motivación detrás de la adopción. A veces la razón es legítima: resolver un problema concreto, mejorar un proceso, optimizar recursos, transformar una forma de trabajar. Pero otras veces, la razón es más superficial: no quedarse atrás, responder a la presión del mercado, demostrar modernidad. Esa imitación disfrazada de estrategia es el equivalente empresarial de pedir un Atari porque “todos los demás ya lo tienen”.

A diferencia de los años 80, hoy la distancia entre adoptar o no una tecnología puede parecer dramáticamente crítica. Sin embargo, la conclusión no cambia: adoptar sin un propósito claro conduce a una travesía incierta. Las empresas que se precipitan hacia la IA sin entender su propio contexto suelen terminar con proyectos inconclusos, modelos que no encajan con sus operaciones o implementaciones que generan frustración en lugar de valor.

Pero hay un riesgo igualmente grande en aquellas que esperan demasiado. Para cuando deciden que ya es hora de incorporar inteligencia artificial, descubren que la base necesaria para hacerlo no está lista. No hay datos confiables, ni procesos sólidos, ni cultura organizacional que absorba el cambio. La tecnología, que parecía una solución, se convierte en un peso. En ese punto, la adopción tardía no es una ventaja, sino un obstáculo más.

La pregunta entonces no es si adoptar IA, sino cómo y desde dónde hacerlo. Y aquí vuelve a aparecer ese niño frente a la tina, transformando autos en botes con piezas sueltas. Antes de tener una herramienta sofisticada, ya había algo más importante: curiosidad. Esa facultad de explorar sin saber exactamente a dónde lleva el camino, de observar con paciencia, de experimentar con materiales imperfectos y aun así encontrar algo nuevo.

Las organizaciones necesitan esa misma curiosidad para interactuar con la IA de forma inteligente. Necesitan tiempo para cuestionarse sus propios procesos, para comprender qué es lo que realmente desean mejorar, para evaluar si su cultura está preparada para trabajar junto a sistemas que aprenden y evolucionan. Necesitan preguntarse qué capacidades internas poseen y cuáles deben desarrollar antes de incorporar modelos complejos. La IA no sirve de mucho si llega a una estructura rígida, desconectada o inflexible. Solo funciona de verdad cuando encuentra equipos que saben escucharla, interpretarla, desafiarla y complementarla.

La verdadera ventaja competitiva, entonces, no radica en tener el modelo más avanzado, ni en acumular herramientas tecnológicas como quien colecciona consolas. La ventaja surge cuando la tecnología se convierte en extensión de un modo de pensar, cuando amplifica una cultura creativa, cuando se integra a procesos que ya eran inteligentes y se pone al servicio de una identidad organizacional sólida. Una empresa que no ha desarrollado esa identidad, que no entiende su esencia, que no valora la intuición de sus equipos, encontrará en la IA un espejo incómodo antes que una solución.

Hoy, la inteligencia artificial ocupa el lugar simbólico que alguna vez tuvo el Atari. Brilla, seduce, promete. Pero también exige reflexión. Y vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta que mi padre me hizo una y otra vez y que, con los años, demostró ser más profunda de lo que parecía: “¿Por qué?”

Responder a esa pregunta con honestidad es el primer paso para adoptar tecnología con propósito. Sin esa respuesta, cualquier implementación será una moda pasajera. Con ella, la IA puede convertirse en una aliada poderosa, capaz de potenciar lo que ya existe, de expandir posibilidades y de abrir caminos que antes no podían imaginarse.

Porque al final, la innovación no ocurre cuando compramos lo que todos quieren, sino cuando aprendemos a ver barcos donde otros solo ven juguetes rotos.




miércoles, 16 de julio de 2025

El Desafío de Sabor de Renata

Renata era un fenómeno en el universo de las redes sociales. Con una presencia magnética y un paladar extraordinariamente refinado, había cultivado una audiencia masiva que seguía con devoción cada uno de sus vídeos en su popular canal, "Sabor y Aventura". Sus publicaciones eran una oda visual a la gastronomía: tomas impecables de platos gourmet, comentarios efusivos sobre cada matiz de sabor y recomendaciones apasionadas de los establecimientos culinarios más exclusivos y de moda. Sus seguidores, cautivados por su autenticidad y su aparente infalibilidad, la consideraban el oráculo definitivo para cualquier sibarita en busca de la perfección gastronómica. La credibilidad de Renata era incuestionable, y su influencia en el ámbito de la restauración, inmensa.

Sin embargo, el destino le deparaba un giro inesperado en la forma de un desafío televisivo de alta envergadura: "El Reto de las Estrellas". Impulsada por la confianza en su renombre y la errónea creencia de que su vasta experiencia como degustadora se traduciría sin esfuerzo en una habilidad gastronómica comparable, Renata aceptó la invitación con entusiasmo, anhelando conquistar un nuevo frente en su imperio mediático.

El día del concurso, el aire en el estudio estaba cargado de una expectación palpable y una tensión casi cortante. Los jueces, un trío de chefs de renombre internacional conocidos por su implacable rigor y su agudeza crítica, observaban a Renata con un escrutinio que parecía perforar su habitual aura de confianza. La primera ronda dio inicio,  Renata, con la audacia que la caracterizaba, presentó su creación culinaria. La reacción fue, para su horror, devastadora. El Chef Antoine, con una expresión de desaprobación apenas contenida, articuló con frialdad: "La presentación es... audaz, por decir lo menos. Parece más un accidente en el plato que una creación culinaria deliberada." La Chef Elena, con un tono aún más cortante y desprovisto de cualquier atisbo de amabilidad, añadió: "Y el sabor... es indistinguible. Carece de carácter. ¿Está segura de haber seguido la receta al pie de la letra, señorita Renata?"

Renata sintió cómo el brillo deslumbrante de su fama comenzaba a desvanecerse, como una luz que se apaga lentamente. Intentó balbucear una defensa, una justificación, pero sus palabras se perdieron ante la arremetida de críticas que solo se intensificaron en las rondas subsiguientes. Sus salsas, que en sus vídeos parecían sedosas y perfectas, resultaron grumosas y desprovistas de finura. Sus proteínas, lejos de ser jugosas y tiernas, estaban secas y carentes de sabor. Y sus postres, que en su canal prometían un éxtasis dulce, eran una decepción monumental, lejos de la delicadeza esperada. Los jueces, sin ambages, cuestionaron abiertamente sus habilidades, poniendo en tela de juicio cada aspecto de su supuesta maestría en el sabor y, por extensión, todo lo que ella representaba para su vasta audiencia.

El desenlace fue inevitable y brutal. Renata fue descalificada en las primeras etapas del concurso, un golpe devastador para su imagen. La noticia se propagó como un reguero de pólvora a través de las redes sociales. Sus seguidores, acostumbrados a verla triunfar y a escuchar sus elogios entusiastas sobre lo mejor de la gastronomía nacional, quedaron atónitos, incrédulos ante la caída de su ídolo. Las visitas a sus publicaciones, que antes se contaban por millones, se desplomaron drásticamente. De los miles de comentarios entusiastas y llenos de admiración, ahora solo quedaban unos pocos, cada uno de ellos un puñal para su ya maltrecha reputación: "Pensé que sabías de comida, Renata", "Esto es una farsa, una completa desilusión", "Ya no confío en tus recomendaciones, todo era una ilusión".

La credibilidad de Renata se hizo añicos, pulverizada en el escrutinio público. Los restaurantes que antes la cortejaban, deseosos de una mención en sus influyentes plataformas, ahora la evitaban, temerosos de asociarse con su deshonra. La otrora reina de la promoción culinaria se había transformado en un hazmerreír, su nombre sinónimo de un fracaso estrepitoso. Su meticulosamente construido universo de "Sabor y Aventura" se desmoronaba a su alrededor, dejando un retrogusto amargo de profunda decepción y, más importante aún, una lección dolorosa e ineludible sobre la abismal diferencia entre la mera capacidad de degustar y la verdadera habilidad de crear. Su caída fue un recordatorio contundente de que la fama en el mundo digital puede ser efímera y que la autenticidad, aunque a veces dura, es la única receta para una credibilidad duradera.



viernes, 4 de julio de 2025

Un Viaje a la Vecindad: Recordando a Chespirito

Ayer fue el tercer jueves que esperamos un nuevo episodio de la miniserie que se transmite por MAX: Fue sin querer queriendo. La biografía de Roberto Gómez Bolaños, conocido como Chespirito. La expectativa era palpable, no solo por la calidad de la producción, sino por el profundo arraigo emocional que la figura de Chespirito tiene en nuestra memoria colectiva.

Chespirito, para quienes no lo conocen, fue un prolífico escritor, actor, director y productor mexicano que dio vida a un universo de personajes entrañables e icónicos. Su genio creativo se manifestó en la concepción de figuras inolvidables como el Chavo, un niño huérfano que vivía en un barril y representaba la inocencia y la picardía de la niñez latinoamericana; el Chapulín Colorado, un superhéroe torpe pero de gran corazón que siempre llegaba para salvar el día con su "chipote chillón"; o el ciudadano Gómez, un personaje que exploraba la vida cotidiana con un humor sutil y reflexivo. A través de ellos, Chespirito no solo generó risas, sino que también abordó temas universales como la amistad, la justicia, la pobreza y la resiliencia, creando un legado que trascendió fronteras y generaciones.

Más allá de la controversia que generó en las redes sociales sobre la vida privada del creador de personajes icónicos como el Chavo y el Chapulín Colorado, la cual, si bien capturó la atención mediática y desató debates apasionados, no opaca la magnitud de su obra. Personalmente, me atrae ver, desde una óptica histórica, cómo se fueron sucediendo los eventos que moldearon su carrera y su legado. Es un ejercicio fascinante desentrañar las circunstancias que rodearon la creación de estos universos cómicos, entender el contexto social y cultural en el que surgieron y cómo lograron resonar tan profundamente con el público. Para quienes tuvimos una infancia "en blanco y negro" y veíamos por las noches El Chavo del 8, este programa no era solo entretenimiento; era un ritual, una cita ineludible que nos transportaba a un universo de inocencia y humor. Aquel televisor, a menudo el único en casa, se convertía en un portal mágico que nos conectaba con la vecindad, sus personajes y sus dilemas cotidianos. Cada episodio era una lección de vida disfrazada de comedia, un espejo de nuestras propias realidades y aspiraciones. Nos remonta a esos días, ahora lejanos, donde la televisión era la ventana principal a mundos fantásticos y personajes entrañables, forjando recuerdos imborrables y una nostalgia que perdura hasta hoy.

Recuerdo con vívida claridad la primera vez que El Chavo del 8 apareció en el canal de televisión nacional. Debió ser a finales de los setenta, quizás a principios de los ochenta, una época en la que la red televisiva boliviana aún emitía su programación en blanco y negro, lo que añadía un encanto particular a la experiencia. La rutina familiar era casi sagrada: después de la cena, nos reuníamos frente al televisor, anticipando el momento. Durante el día, se había anunciado con bombo y platillo el estreno, en horario estelar, de una nueva serie de comedia mexicana. A esa corta edad, las ocho de la noche se sentía como el umbral del sueño, y entre pestañeos cansados, fui testigo de la introducción de aquel programa tan publicitado. La pantalla cobró vida con las imágenes de un actor, ingeniosamente disfrazado de niño pobre, que habitaba una casa enorme con un patio central que servía de punto de encuentro para los departamentos de los vecinos. El concepto de "vecindad" era ajeno a mi mundo y a mi comprensión, pero mi atención fue capturada poderosamente por elementos como el barril, ese refugio enigmático y distintivo, y la pelota de gran tamaño con la que jugaban esos actores. A pesar de sus evidentes edades adultas, lograban encarnar con asombrosa maestría la esencia de niños un tanto crecidos para la edad que representaban. Su capacidad para evocar la niñez, con todas sus travesuras, sus dilemas cotidianos y su particular lógica, era verdaderamente asombrosa y cautivadora.

Inicialmente, el Chapulín Colorado no dejó una huella en mi memoria; de hecho, transcurrieron años antes de que le dedicara unos minutos a esa serie. En contraste, las aventuras del Chavo, con su humor cotidiano, sus entrañables malentendidos y sus sutiles lecciones de vida, me resultaban intrínsecamente más divertidas y cautivadoras. La simplicidad de sus tramas, la predecibilidad reconfortante de sus chistes y la profunda humanidad que emanaba de cada personaje forjaron un vínculo instantáneo y perdurable con la audiencia infantil. Tras aquel primer recuerdo vívido, mi conexión con la serie se desvaneció hasta la adolescencia, cuando, con menor asiduidad, comencé a ver programas de televisión ya emitidos a color, o como se anunciaba entonces: "in Color". Fue en esa etapa cuando pude apreciar la riqueza cromática de la ropa de Don Ramón o el vibrante rojo del traje del Chapulín, elementos que añadieron una nueva capa de inmersión a un universo que ya sentía profundamente mío.

La miniserie de MAX, que actualmente transita su quinto episodio y se acerca a su desenlace con solo tres capítulos restantes, revela una multitud de hechos sumamente relevantes que iluminan el intrincado proceso creativo detrás de estos fenómenos televisivos. Detalla con precisión cómo, a partir de 1972, se gestaron y grabaron aquellos episodios que, años más tarde, serían transmitidos en esta región del mundo, cautivando a millones de hogares y dejando una huella indeleble en varias generaciones. La meticulosa construcción de los sets de grabación, con una simplicidad ingeniosa que lograba recrear de manera convincente la icónica vecindad o el peculiar laboratorio del Chapulín, junto con los detallados disfraces empleados para las aventuras de los personajes y los efectos especiales, aunque primitivos, sorprendentemente efectivos, no hacen sino realzar la genialidad innata de su creador. Más allá de la puesta en escena, lo que verdaderamente asombra es su excepcional habilidad para concebir guiones. Estos, imbuidos de diálogos ingeniosos y situaciones hilarantes, estaban diseñados para provocar risas genuinas en sus espectadores. Era un humor puro, universal y apto para toda la familia, cuya esencia trascendió sin esfuerzo las barreras culturales y generacionales.

Esta miniserie se basa en el libro autobiográfico que comencé a leer, una obra que se ha revelado como un complemento perfecto para las entregas semanales. La lectura del libro amplía significativamente los detalles, las anécdotas y los desafíos que Roberto Gómez Bolaños tuvo que enfrentar para consolidar su visión de entretenimiento familiar en un panorama televisivo en constante evolución y con crecientes exigencias. Es fascinante descubrir las luchas iniciales, las innovaciones creativas y la inquebrantable perseverancia que caracterizaron la trayectoria de un hombre que, con su pluma y su singular visión, logró construir un legado cultural que perdura en el corazón de millones de personas alrededor del mundo. Su obra no solo nos proporcionó incontables momentos de alegría y risa, sino que también nos legó valiosas enseñanzas sobre la amistad incondicional, la resiliencia ante la adversidad y la inmensurable importancia de la imaginación para transformar la realidad.





DE PRIMERA GENERACIÓN

A finales de enero, en una de mis habituales incursiones por el Marketplace de Facebook, ese vasto mercado digital donde a menudo se encuentran verdaderas joyas tecnológicas olvidadas, me topé con una oferta que capturó mi atención de inmediato: un iPod Touch de primera generación. La imagen, aunque no de la mejor calidad, mostraba un dispositivo que, a primera vista, parecía estar en un estado sorprendentemente bueno para su edad. Impulsado por la curiosidad y mi creciente pasión por coleccionar estos artefactos retro, no dudé en ponerme en contacto con el vendedor. Nuestra conversación inicial giró en torno a su estado general y, por supuesto, al precio. Tras un breve intercambio, el precio me pareció más que razonable, especialmente si se consideraba que se trataba de un dispositivo que, en su momento, fue una pieza de tecnología de vanguardia y que aún conservaba sus 16 GB de almacenamiento. Esta capacidad, aunque modesta para los estándares actuales, era considerablemente generosa en los inicios del milenio, permitiendo almacenar miles de canciones y un buen número de videos. Además, el hecho de que este iPod tuviera más de 15 años de antigüedad y aún funcionara era un testimonio de su calidad de construcción y un atractivo adicional para un coleccionista como yo, que valora la durabilidad y la historia detrás de cada gadget. Este modelo, lanzado por Apple el 5 de septiembre de 2007 en el evento "The Beat Goes On" de Steve Jobs, fue pionero al integrar la revolucionaria interfaz Multi-Touch, junto con conectividad Wi-Fi y el navegador Safari, transformando la experiencia de un reproductor de música en un verdadero dispositivo móvil con acceso a internet. La promesa de llevar la web en el bolsillo, aunque fuera sin la función de teléfono, era un atractivo innegable para la época. Tomando en cuenta el tiempo transcurrido desde su debut, el equipo se veía en condiciones aceptables, lo cual ya era un buen indicio de su durabilidad.

La colección de este tipo de dispositivos se está convirtiendo en mi pasatiempo; de vez en cuando dedico algunos minutos a revisar las reliquias que se publican en el mercado digital. Es una verdadera cacería de tesoros, donde la paciencia es clave. En algunos casos, los artefactos están muy deteriorados, con pantallas rayadas, carcasas abolladas o baterías completamente muertas, lo que los convierte en proyectos de restauración desafiantes. Pero en otros, se pueden encontrar joyas tecnológicas en un estado de conservación impresionante, casi como si el tiempo no hubiera pasado por ellas; ¡hasta logré adquirir un Walkman totalmente nuevo en su empaque original, un hallazgo que me llenó de una satisfacción inmensa! Esta búsqueda constante de piezas históricas me conecta con la evolución de la tecnología y me permite apreciar el ingenio de épocas pasadas.

Una vez que logré conectar el iPod a la computadora, fue inmediatamente reconocido por iTunes, la plataforma esencial para la gestión de contenido de Apple en aquel entonces, y dentro de sus opciones iniciales estaba la configuración. Tengo la rutina inquebrantable de reiniciar estos equipos en el modo de fabricación, es decir, borrar absolutamente todo el contenido y la configuración previa para que arranquen con su configuración nativa, como si salieran de fábrica. Esta práctica es fundamental por razones de seguridad primordiales. Al adquirir un dispositivo de segunda mano, es imposible estar completamente seguro del historial de uso del propietario anterior, incluyendo si contenía datos personales sensibles, archivos corruptos o incluso software malintencionado. Por ello, la restauración a los ajustes de fábrica no solo elimina cualquier rastro de información previa, sino que también purga posibles programas informáticos maliciosos o virus que pudieran haber estado presentes en ese momento y comprometer mi sistema o mi privacidad. Trato de no acceder a ellos a través de la computadora antes de este proceso de borrado completo, precisamente para evitar cualquier interacción temprana que pudiera activar o transferir amenazas latentes. Es un paso preventivo crucial para asegurar un entorno limpio y seguro desde el primer uso.

Al concluir el reinicio y después de ver un par de veces el familiar ícono de la manzana iluminándose en la pantalla del veterano iPod, un símbolo de su renacimiento y de la promesa de la experiencia Apple, procedí con la carga de una lista de canciones que tenía cuidadosamente organizada en la biblioteca de iTunes. Esta playlist, una selección personal de clásicos y descubrimientos que me acompañan desde hace años, representaba el corazón de la experiencia musical que buscaba revivir. Este proceso de sincronización, aunque familiar para cualquiera que usara iTunes en esa época, tomó algo más de tiempo de lo esperado, dada la cantidad de archivos que intentaba transferir y, sobre todo, la antigüedad de la conexión USB 2.0 del equipo, que no se compara con las velocidades actuales. Cada megabyte transferido se sentía como un pequeño logro. Al terminar el copiado, lo desconecté de la computadora con una mezcla de anticipación y nostalgia, y me dispuse a escuchar la música digital a través de los audífonos Bose que tengo específicamente para estos diminutos dispositivos, buscando la mejor calidad de sonido posible. Mi objetivo era buscar la mejor calidad de sonido posible, y la combinación del DAC del iPod con la fidelidad de los Bose prometía una experiencia inmersiva. La experiencia fue gratificante: se escuchaba realmente bien, con una claridad y profundidad que me sorprendieron gratamente. El viejo iPod no tenía ningún problema aparente en su reproducción de audio, ni distorsiones ni ruidos extraños, lo cual era un alivio. Quizás solo una ligera disminución en la duración de la batería, que, para un dispositivo de su edad y el uso que se le daría, no era nada preocupante y se consideraba dentro de lo normal, especialmente comparado con la degradación que sufren muchas baterías de litio con el paso de los años.

Con la evaluación positiva de su funcionamiento inicial, una sensación de logro me invadió, lo que me impulsó a reconectar el equipo a la computadora. Procedí, una vez más, a reiniciarlo, esta vez con la firme intención de dejarlo completamente limpio y listo para mi uso personal a largo plazo. Sin embargo, los minutos comenzaron a estirarse de manera preocupante. Habían transcurrido casi 30 minutos, un tiempo considerable para un proceso que ya había realizado, y la barra de progreso en iTunes apenas se movía, si es que lo hacía. Una sensación de incomodidad, un presentimiento de que algo no iba bien, comenzó a crecer en mi interior. A pesar de ello, decidí darle algo más de tiempo, aferrándome a la esperanza de que solo fuera una demora inusual, quizás por la antigüedad del software o del hardware, o una carga inesperada en el sistema. Pero la espera se hizo insostenible. Al cabo de casi 90 minutos, la pantalla del iPod permanecía estática, y la tarea de restauración no avanzaba en absoluto; la barra de progreso seguía inmóvil, sin transferir un solo byte más. Fue entonces cuando la preocupación se transformó en una certeza ineludible: algo no estaba funcionando bien, el proceso se había estancado de forma irrecuperable. La frustración me invadió por completo. Así que, con un nudo en el estómago, lo desconecté abruptamente de la computadora, un acto desesperado, con la esperanza de que un simple reinicio manual, una especie de 'borrón y cuenta nueva' forzado, me permitiera volver a iniciar el proceso desde cero y corregir el error. Lamentablemente, esa esperanza se desvaneció al instante. El equipo ya no respondía a ninguna de mis interacciones, ni a los toques en la pantalla ni a la pulsación de los botones físicos: aparecía brevemente el familiar ícono de la manzana, prometiendo un inicio, pero después de apenas unos segundos, se volvía a apagar de golpe, sin llegar a cargar el sistema operativo. Entró en un bucle interminable de encendido y apagado, un parpadeo desolador que indicaba un problema mucho más serio y profundo en su sistema operativo o hardware, un fallo crítico que parecía irreversible y dejaba al dispositivo completamente inoperable.

Me puse en contacto con el vendedor que, como era de esperar, no respondió a mis mensajes. Esta falta de respuesta, que para muchos podría haber sido un simple inconveniente, para mí confirmó mis peores sospechas y la decepción se asentó. En ese momento, di el iPod por perdido, resignado a que se había convertido en un pisapapeles tecnológico inútil, un recordatorio tangible de un intento fallido de restauración. Lo coloqué en una estación de recarga, más por inercia que por una expectativa real, con la vaga esperanza de que, en algún futuro incierto, encontraría el tiempo y la solución adecuada para dedicarle a su reparación. Así pasaron varias semanas y, luego, meses, transformándose en un período de inactividad prolongada. El iPod permaneció inerte, acumulando polvo, sin que el equipo volviera a funcionar ni mostrara el menor signo de vida, convirtiéndose en un recordatorio constante y silencioso de un proyecto fallido y una inversión, aunque pequeña, perdida. La imagen de ese dispositivo inanimado en mi escritorio se convirtió en una espina clavada, esperando su momento para ser abordada nuevamente.

Ayer, de forma inesperada, me acordé de que tenía una tarea pendiente: la reparación de este dispositivo móvil. La imagen del iPod inerte en mi estación de carga resurgió en mi mente, impulsándome a retomar el desafío. Decidí investigar un poco más a fondo, esta vez con una determinación renovada, sumergiéndome en los rincones más especializados de la web. En foros de tecnología retro, comunidades de coleccionistas de Apple y blogs de entusiastas de hardware vintage, encontré publicaciones que, con una sorprendente recurrencia, indicaban que ese problema particular se resolvía con una versión muy específica y antigua de iTunes. Más aún, el consenso general era que esta versión debía estar conectada a una máquina con Windows XP, un sistema operativo que para la mayoría ya es una reliquia histórica. Para muchos, esto implicaba recurrir a los programas de virtualización, creando un entorno de software obsoleto dentro de un sistema operativo moderno, una solución ingeniosa pero a menudo compleja de configurar. Era como retroceder en el tiempo, una verdadera cápsula temporal, para acceder a entornos informáticos de inicios de los 2000, un viaje nostálgico y técnico a la vez, donde la simplicidad de la interfaz se mezclaba con la complejidad de la compatibilidad. Afortunadamente, dentro de mis propios artículos de colección, tengo dos computadoras portátiles que datan precisamente de esa época, auténticas piezas de museo funcional que conservo con cariño. Esto me ahorraba el paso de la virtualización, permitiéndome trabajar con hardware nativo, lo cual siempre es preferible para evitar posibles conflictos o problemas de rendimiento. Tomé una de ellas, la que cumplía con todos los requerimientos técnicos necesarios para ejecutar Windows XP y la versión de iTunes en cuestión, y procedí con la instalación de iTunes en su versión 9.2.1, una reliquia de software que, en ese contexto, se convertía en la clave para resucitar una reliquia de hardware. La instalación fue un viaje al pasado, con interfaces y sonidos que evocaban una era tecnológica ya superada.

En algunos minutos, logré recrear el ambiente de Windows XP con todos los programas e imágenes necesarios para proceder con la reparación. La pantalla de inicio, con sus tonos verdes y el familiar sonido de bienvenida, me transportó de inmediato a una década pasada, a una época donde los dispositivos móviles eran mucho más sencillos y las soluciones a menudo requerían un toque de ingenio y persistencia. La interfaz anticuada, con sus menús desplegables y sus iconos de baja resolución, contrastaba drásticamente con los sistemas operativos modernos, pero para esta tarea, era precisamente lo que se necesitaba. En la búsqueda de información adicional, mientras navegaba por foros y blogs de nicho, me topé con un consejo que resultó ser absolutamente clave, un detalle crucial que marcó la diferencia entre el fracaso y el éxito. La guía improvisada que había estado siguiendo no lo mencionaba explícitamente, y fue solo gracias a la experiencia compartida por otros entusiastas que descubrí la importancia de un paso aparentemente menor: conectar el cable de 30 pines al equipo antes de proceder con los pasos descritos en la guía de restauración de iTunes. Este pequeño matiz, que probablemente evitaba un conflicto de inicialización o una secuencia de reconocimiento incorrecta, era el eslabón perdido que había estado buscando. Después de dos intentos fallidos previos, en los que el iPod simplemente no respondía o continuaba en su bucle de reinicio, apliqué esta nueva estrategia con una mezcla de cautela y optimismo. Finalmente, con el cable ya conectado, logré ver cómo el equipo mostraba en su negra pantalla un ícono diferente, no la familiar manzana parpadeante que había presenciado tantas veces en vano, sino un símbolo de cable USB apuntando hacia un icono de iTunes, una clara referencia visual a que el proceso de restauración estaba en curso y que el dispositivo estaba en modo de recuperación, listo para recibir las instrucciones de la computadora. Fue un momento fantástico, lleno de alivio y euforia, una oleada de esperanza que disipó meses de frustración y dudas. Ver esa señal, después de tanta inactividad y fallos, fue la confirmación inequívoca de que estaba en el camino correcto y que la resurrección del iPod era inminente. Y así fue: a su finalización, el iPod volvía a funcionar, con una conexión exitosa y estable a la antigua computadora con Windows XP, y lo más importante, con el programa de sincronización procediendo sin mayores dificultades, como si nunca hubiera tenido un problema. Era como si el tiempo se hubiera rebobinado y el dispositivo hubiera recuperado su vitalidad original, listo para almacenar y reproducir miles de canciones una vez más, un testimonio de la perseverancia y el poder del conocimiento compartido.

Me gustan profundamente este tipo de retos, la restauración física y lógica de los dispositivos electrónicos. Hay una satisfacción inmensa en desentrañar los problemas de hardware y software, en la búsqueda de soluciones creativas y a menudo poco convencionales para devolverles la vida a estos aparatos que, para muchos, son simplemente obsoletos o desechables. Es una batalla contra la obsolescencia programada y el paso del tiempo. Algunas veces logro resultados satisfactorios, como el del iPod Touch de primera generación, donde la perseverancia, la investigación y un poco de suerte dan sus frutos, y el dispositivo resucita, listo para una segunda vida, quizás incluso para un nuevo propósito. Pero en otras ocasiones, la realidad es más dura y se presenta como una pared infranqueable: no existe en el mercado el repuesto necesario, o la complejidad del daño supera con creces las posibilidades de reparación, lo que me causa una profunda frustración. Es un golpe al espíritu de coleccionista y restaurador, una barrera insalvable que a veces me hace cuestionar el pasatiempo. Sin embargo, incluso en esos momentos de derrota, entiendo que es parte de un pasatiempo al que, a pesar de los altibajos, las horas invertidas y las frustraciones ocasionales, comienzo a tomarle un cariño especial, una verdadera pasión por preservar un pedazo de la historia tecnológica y por el desafío intelectual y manual que cada hallazgo y cada intento de reparación representa.



jueves, 8 de mayo de 2025

Scar Tissue

Durante siete días, que se transformaron en un viaje sin retorno, quedé completamente cautivado por las páginas de Scar Tissue, la autobiografía cruda y reveladora de Anthony Kiedis, el carismático vocalista de los Red Hot Chili Peppers. Este tipo de literatura musical - esas memorias que destilan sudor de escenario y lágrimas de backstage - constituye mi verdadera debilidad literaria. Antes de este encuentro, ya había recorrido los pasillos de la memoria con Surrender: 40 Songs, One Story de Bono, bailado con las palabras de Rocket Man de Elton John, y me había estremecido con las biografías de Kurt Cobain y Gustavo Cerati, este último sobre quien ya había escrito con anterioridad. Pero nada me preparó para el impacto emocional de Scar Tissue.


Las noches se convirtieron en testigos mudos de mi fascinación. Recostado en mi sofá favorito, con mi fiel iPhone 7 - que parecía haberse convertido en una extensión de mi mano - reproducía en loop los éxitos de los Red Hot Chili Peppers que servían de banda sonora a mi lectura: desde el hipnótico riff de "Californication" hasta la melancolía urbana de "Under the Bridge", pasando por la energía contagiosa de "By the Way" y la profundidad lírica de "Scar Tissue", la canción que da nombre al libro y que adquirió nuevas dimensiones con cada capítulo leído.


Había preparado meticulosamente esta experiencia. Antes de comenzar la lectura, adquirí en iTunes todos los álbumes relevantes de la banda para mi iPod Classic, ese fiel compañero de viajes musicales. Durante mis jornadas laborales, los auriculares se convirtieron en mi portal personal a los años 90, mientras las palabras de Kiedis resonaban en mi memoria y la música de los Chili Peppers me acompañaba en cada tarea.


Publicado en 2004, Scar Tissue es mucho más que una simple autobiografía rockera. Es un descenso a los infiernos personales que rivaliza en intensidad con la obra de Dante Alighieri. Kiedis nos lleva de la mano - a veces con ternura, otras con brutal honestidad - por los callejones más oscuros de Los Ángeles, donde las drogas, el sexo y el rock and roll dejaban de ser clichés para convertirse en demonios reales. Cada página es un viaje emocional: desde su problemática infancia con un padre traficante de drogas hasta los excesos de la fama, pasando por sus múltiples intentos de rehabilitación.


Lo que hace verdaderamente magistral esta obra es cómo Kiedis, al igual que Dante, logra emerger de su infierno personal para ofrecernos no solo una historia cautivadora, sino un mensaje universal de redención. La forma en que entrelaza sus vivencias con el proceso creativo de canciones que marcaron una generación añade capas de profundidad a ambas experiencias - la literaria y la musical.


Para quienes crecimos con el funk rock revolucionario de los Red Hot Chili Peppers, con su mezcla única de punk, funk y rock alternativo que dominó las pantallas de MTV en los 90, este libro es una pieza esencial. Pero su valor trasciende el ámbito musical: es un estudio psicológico sobre la adicción, un retrato sociológico de una era y, sobre todo, un testimonio de que incluso las caídas más profundas pueden terminar en redención.


Las últimas páginas las leí al amanecer, con "Road Trippin'" sonando suavemente en mis auriculares. Cuando apagué la Kindle, no solo sentía que conocía mejor a Kiedis y su banda, sino que había experimentado algo raro en las autobiografías: la sensación de haber crecido junto al autor, de haber compartido sus errores y aciertos. Ese es el verdadero poder de Scar Tissue: no se limita a contar una historia, sino que te hace vivirla, con toda su crudeza y, finalmente, con su esperanza libertadora.