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viernes, 23 de enero de 2026

Lo que aún no cuento

A pocos minutos de que el avión despegara, justo cuando ya me resignaba a desconectar el celular y dejar atrás cualquier vínculo con el mundo inmediato, llegó un mensaje de Mauricio. Me preguntaba por el título de un libro que alguna vez le había recomendado y, casi como un gesto de reciprocidad, me sugería otro: El arte de contar historias, de Matthew Dicks.

No le di demasiada importancia en ese momento. O eso creí.

Al llegar a mi departamento, todavía con el cansancio del viaje adherido al cuerpo, dejé la maleta cerrada en un rincón. Antes de cualquier otra cosa, tomé el Kindle y descargué las primeras páginas del libro, sin demasiadas expectativas, apenas con la curiosidad justa para saber si valía la pena. Bastaron unas pocas páginas para darme cuenta de que no iba a ser una lectura más.

El libro no habla solo de contar historias, sino de aprender a mirar la propia vida con atención. Dicks insiste en que todos tenemos relatos valiosos, pero casi nunca nos detenemos a observarlos: los momentos pequeños, las escenas cotidianas, los instantes aparentemente insignificantes que, bien contados, revelan quiénes somos. No se trata de inventar grandes hazañas, sino de reconocer el sentido oculto en lo ordinario.

Seguí leyendo hasta cerca de la una de la madrugada, no tanto por ansiedad, sino por una sensación difícil de nombrar: la impresión de que alguien estaba poniendo en palabras ideas que yo había intuido, pero nunca había sabido ordenar. Esperé despierto a que el banco habilitara mi tarjeta para comprar la versión completa, como si interrumpir la lectura fuera una forma de perder el hilo de algo más profundo.

Recién hoy, a las siete de la mañana, pude retomarla. Y aquí sigo. El libro avanza, pero también lo hace una reflexión incómoda y necesaria: cuántas historias personales he dejado pasar por no prestar atención, por no detenerme, por no escucharlas a tiempo.

Así que sí, cambio de planes para el fin de semana. Si no soy capaz de reconocer las historias que ya habitan mi propia vida, ¿Cómo sabré cuáles merecen ser contadas antes de que se pierdan para siempre?



martes, 28 de enero de 2020

Argentina 2020

Ya casi terminan mis vacaciones, esta es la última noche en Buenos Aires. Regresé a la Argentina, después de 10 años y se notan los cambios en la economía, en los servicios, en la alimentación, en el trato social, en fin, en todo lo que se puede imaginar. Si bien se ven muestras del desarrollo, son escasas, creo que en Bolivia, desarrollamos mucho y más durante este último tiempo. Aquí, la educación se fue a pique, es sorprendente como una sociedad puede involucionar por su educación. En el tren, en el metro o en el bus, existen muchachos dentro de sus burbujas que el auricular les proporciona, blindados de todo lo que les rodea, gracias a la música que escuchan, no les interesa si está de pie una mujer embarazada, un adulto mayor o un minusválido, con recostarse en la butaca y cerrar los ojos, pasan, ignoran la situación hasta la próxima parada. Los niveles de inseguridad son alarmantes, cuando transitaba por las calles de Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mar del Plata, y creo que todos sienten lo mismo: ojos observantes, personas sospechosas que se acercan o vehículos extraños. Es esa sensación de inseguridad que se encargan de amplificar los medios de televisión, que en cada uno de los programas, debaten, discuten, analizan el incidente reportado por la policía. Estos canales se nutren de ese tipo de noticias y le sacan hasta la última gota a la información para, al día siguiente, desayunar la misma noticia pero desde otro punto de vista, con nuevos actores del hecho, es increíble como el amarillismo se apropió de los medios de comunicación, impresos, radiales o televisivos. Algo que no cambió es la pasión por el deporte, por el fútbol. Aquí, se respira fútbol, aunque por estos días la Superliga Argentina de Fútbol está en un receso, es noticia la contratación de un jugador, la lesión de otro o una vez más, el escándalo de una estrella deportiva. Durante mi recorrido por las provincias argentinas, me llamó muchísimo la atención, el nivel de obesidad, donde apuntaba la vista podía ver una persona con sobrepeso, sea joven, varón o mujer, sin distinción. Esto puede ser fruto de la situación económica, los niveles de ansiedad o el estrés al que se ven expuestos. Como escribí en mi cuenta de Twitter: un kilo de duraznos vale más que una docena de facturas, entonces la gente come más harinas, carnes o fritos. Un plato de ensalada que está compuesto por lechuga, zanahoria y tomate, tiene un precio casi similar al tenedor libre. En una relación costo beneficio, el tenedor libre resulta más atractivo que un plato de ensalada. En los hoteles el desayuno es opcional, que si lo tomas, incrementa el costo final de la habitación rentada, al igual que en las líneas aéreas, el servicio de catering ahora es solo para rutas largas, aquellas inferiores a las dos horas, nada, ni agua. De a poco, los servicios argentinos se van quedando básicos, menos atendidos y por consiguiente, llegan a niveles de calidad extremadamente bajos. Recuerdo que en el 2009, la gente era alegre, amable y dispuesta a conversar con el extranjero, hoy no. Se siente la tensión nerviosa, el taxista, que fue reemplazado por el Uber, es poco comunicativo, cuando le dices que eres extranjero, callan. Gracias a la tecnología, pude desplazarme sin problemas en las ciudades que visité, Google Maps, Uber y portales de hoteles fueron mis herramientas para logran visitar los lugares que tenía planificado. Con un chip de Movistar accedí a la conexión LTE durante dos semanas por un precio de aproximadamente 7 dólares, con 5 Gb en datos y WhatsApp ilimitado, por esa parte no tuve ningún inconveniente para estar conectado. Hace un par de días, de pura curiosidad, fui a ver una obra a un teatro en Mar del Plata. Escuché en varios programas de televisión, que estas obras son espectaculares, me quedé con sabor a poco, a muy poco. En fin, parte de la experiencia con la que regreso a Bolivia, agradecido por vivir en un país en el que puedo comer verdura fresca, fruta de temporada y contar con servicios de calidad. Hoy, Bolivia presenta un índice de desarrollo muy interesante, ojalá los próximos gobiernos logren consolidar este desarrollo y convertirnos en un país que se aleja, a paso firme, del tercermundismo.