Mostrando entradas con la etiqueta continuar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta continuar. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de enero de 2026

La dignidad de no detenerse

Eran las 6:00 de la tarde y la ciudad rugía. No era un ruido cualquiera; era esa bestia de mil cabezas hecha de bocinas, sirenas y motores acelerados que devora a cualquiera que se detenga. Pero se detuvo.

Frenó su moto justo en esa franja de asfalto que los arquitectos olvidan dibujar: la zona muerta junto a la acera, delimitada por una línea amarilla despintada. Esa línea era lo único que separaba el seguir corriendo del colapso total.

Dejó caer la frente sobre el manubrio. El casco chocó suavemente contra el plástico del tablero. Cerró los ojos. Por un instante, el estruendo de la avenida se convirtió en un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua.

Ese día había recorrido calles que no salen en las postales turísticas. Había subido y bajado de torres de concreto, entregando sushi y hamburguesas gourmet a gente que ni siquiera le miraba a los ojos al recibir el paquete. En la caja roja de su espalda llevaba una cena caliente, olorosa, reconfortante; pero dentro de su chamarra, pegado a las costillas, llevaba un frío distinto. Era el frío de la repetición. De sentirse un engranaje oxidado en una máquina que nunca duerme.

—¿Para qué? —pensó. La pregunta le pesaba más que la moto.

Estaba a punto de llamar a la central y decir "basta", cuando abrió los ojos. Su mirada se clavó en el suelo. Allí, bajo sus botas gastadas, había unas flechas blancas pintadas sobre el pavimento gris. Estaban sucias, erosionadas por millones de neumáticos, pero seguían ahí.

Apuntaban hacia adelante.

En ese silencio estático, en medio del caos, entendió algo que ningún algoritmo de la aplicación le podía decir. Esas flechas no prometían un destino. No decían "llegarás a un palacio" ni "llegarás al descanso". Solo decían: Sigue.

Se dio cuenta de que su cansancio no era una señal de derrota. Al contrario, era la cicatriz de que lo estaba intentando. Era la prueba física de que no se había rendido. La felicidad, pensó, tal vez no es un lugar al que se llega para descansar, sino la terca decisión de renovarse cada vez que el semáforo cambia a verde.

Respiró hondo. El aire olía a gasolina y lluvia reciente, pero le supo a gloria.

Enderezó la espalda. Hizo crujir sus hombros. No porque el dolor se hubiera ido —ahí seguía, punzante—, sino porque recordó que él no era la carga que transportaba. Él era quien manejaba la máquina.

Giró la llave. El motor tosió y luego rugió, uniéndose al coro de la ciudad. Metió primera y soltó el embrague. La moto avanzó sobre las flechas blancas. Ya no buscaba llegar más lejos que nadie; simplemente, decidió no apagarse en el camino. Y eso, esa pequeña victoria invisible sobre la línea amarilla, fue suficiente para terminar el día.