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viernes, 14 de noviembre de 2025

No todo lo que brilla es IA

A principios de los años 80, cuando las calles parecían más amplias y el mundo avanzaba a un ritmo que hoy llamaríamos pausado, el Atari 2600 brillaba como un objeto de deseo para cualquier niño o adolescente. Yo no era la excepción. En cada recreo observaba a mis compañeros intercambiar historias de partidas épicas, niveles superados y glitches misteriosos que los hacían reír por horas. Pac-Man, Space Invaders, Pitfall… eran nombres que tenían la solidez de los mitos. Yo los escuchaba desde fuera, sintiendo que existía un club al cual no tenía acceso.

Así que comencé a pedir mi propio Atari. No una, sino decenas de veces. Era insistente, casi ritual. Pero mi padre siempre devolvía la pelota con una pregunta que, en ese entonces, me sonaba a castigo: “¿Por qué?”. Hoy entiendo que no lo era. Respondía que mis amigos lo tenían, que yo también quería divertirme, que sacaba buenas notas y cumplía mis obligaciones. Pero nada de esto parecía tener fuerza suficiente para convencerlo. Había algo detrás de su razonamiento que no lograba comprender.

Mientras tanto, mis compañeros seguían perfeccionándose en sus batallas digitales, y yo encontraba mi propio terreno de juego en lugares diferentes. Los juguetes a batería eran para mí algo más que objetos de diversión: eran sistemas. Los desarmaba con la concentración de un pequeño cirujano y observaba cómo cada pieza encajaba en la siguiente. Extraía motores, engranajes, ejes diminutos, y los volvía a unir de formas nuevas. Un auto podía transformarse en un bote capaz de flotar en la tina; un mecanismo fallado podía renacer como otro invento. No tenía Atari, pero tenía un laboratorio silencioso lleno de posibilidades. Aunque no lo sabía entonces, ese laboratorio me enseñaría más sobre tecnología, curiosidad y creación que cualquier videojuego.

Con el tiempo, llegó finalmente la consola. Tal vez fue en la Navidad del 83 o del 84. El objeto que tanto había deseado por fin estaba en mis manos, justo cuando ya no era novedad. Mi hermano y yo pasamos semanas embelesados frente a la pantalla, atrapados por esos universos de colores brillantes y movimientos repetitivos. Pero como ocurre con las modas, el entusiasmo se fue apagando. El aparato quedó ahí, en una esquina, mientras yo regresaba a mi destornillador, mis piezas sueltas y mis experimentos. Lo que quedó grabado no fue la emoción del juego, sino la enseñanza que escondía aquella pregunta repetida de mi padre.

Esa pregunta, “¿por qué?”, se transformaría años después en una brújula para interpretar no solo mis propios impulsos, sino también los de las organizaciones frente a la adopción tecnológica. Hoy, mientras las empresas se debaten entre adoptar o no inteligencia artificial, aquella historia personal cobra una relevancia insospechada.

Vivimos un momento en el que la presión por adoptar IA parece tan fuerte como la presión infantil por tener un Atari. Muchos líderes sienten que, si no integran la tecnología rápidamente, quedarán rezagados, invisibles o anticuados. Ven a la competencia mostrar resultados, lanzamientos, prototipos, y piensan que deben seguirlos para no perder el ritmo. Pero la pregunta que debería guiar la conversación no es “¿qué debemos comprar?” ni “¿qué modelo debemos usar?”, sino exactamente la misma que me hacía mi padre: “¿por qué?”.

En el ámbito corporativo, esta pregunta se vuelve aún más incómoda. Obliga a desnudar la motivación detrás de la adopción. A veces la razón es legítima: resolver un problema concreto, mejorar un proceso, optimizar recursos, transformar una forma de trabajar. Pero otras veces, la razón es más superficial: no quedarse atrás, responder a la presión del mercado, demostrar modernidad. Esa imitación disfrazada de estrategia es el equivalente empresarial de pedir un Atari porque “todos los demás ya lo tienen”.

A diferencia de los años 80, hoy la distancia entre adoptar o no una tecnología puede parecer dramáticamente crítica. Sin embargo, la conclusión no cambia: adoptar sin un propósito claro conduce a una travesía incierta. Las empresas que se precipitan hacia la IA sin entender su propio contexto suelen terminar con proyectos inconclusos, modelos que no encajan con sus operaciones o implementaciones que generan frustración en lugar de valor.

Pero hay un riesgo igualmente grande en aquellas que esperan demasiado. Para cuando deciden que ya es hora de incorporar inteligencia artificial, descubren que la base necesaria para hacerlo no está lista. No hay datos confiables, ni procesos sólidos, ni cultura organizacional que absorba el cambio. La tecnología, que parecía una solución, se convierte en un peso. En ese punto, la adopción tardía no es una ventaja, sino un obstáculo más.

La pregunta entonces no es si adoptar IA, sino cómo y desde dónde hacerlo. Y aquí vuelve a aparecer ese niño frente a la tina, transformando autos en botes con piezas sueltas. Antes de tener una herramienta sofisticada, ya había algo más importante: curiosidad. Esa facultad de explorar sin saber exactamente a dónde lleva el camino, de observar con paciencia, de experimentar con materiales imperfectos y aun así encontrar algo nuevo.

Las organizaciones necesitan esa misma curiosidad para interactuar con la IA de forma inteligente. Necesitan tiempo para cuestionarse sus propios procesos, para comprender qué es lo que realmente desean mejorar, para evaluar si su cultura está preparada para trabajar junto a sistemas que aprenden y evolucionan. Necesitan preguntarse qué capacidades internas poseen y cuáles deben desarrollar antes de incorporar modelos complejos. La IA no sirve de mucho si llega a una estructura rígida, desconectada o inflexible. Solo funciona de verdad cuando encuentra equipos que saben escucharla, interpretarla, desafiarla y complementarla.

La verdadera ventaja competitiva, entonces, no radica en tener el modelo más avanzado, ni en acumular herramientas tecnológicas como quien colecciona consolas. La ventaja surge cuando la tecnología se convierte en extensión de un modo de pensar, cuando amplifica una cultura creativa, cuando se integra a procesos que ya eran inteligentes y se pone al servicio de una identidad organizacional sólida. Una empresa que no ha desarrollado esa identidad, que no entiende su esencia, que no valora la intuición de sus equipos, encontrará en la IA un espejo incómodo antes que una solución.

Hoy, la inteligencia artificial ocupa el lugar simbólico que alguna vez tuvo el Atari. Brilla, seduce, promete. Pero también exige reflexión. Y vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta que mi padre me hizo una y otra vez y que, con los años, demostró ser más profunda de lo que parecía: “¿Por qué?”

Responder a esa pregunta con honestidad es el primer paso para adoptar tecnología con propósito. Sin esa respuesta, cualquier implementación será una moda pasajera. Con ella, la IA puede convertirse en una aliada poderosa, capaz de potenciar lo que ya existe, de expandir posibilidades y de abrir caminos que antes no podían imaginarse.

Porque al final, la innovación no ocurre cuando compramos lo que todos quieren, sino cuando aprendemos a ver barcos donde otros solo ven juguetes rotos.




viernes, 1 de septiembre de 2023

LA ANTIGUA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN

La suerte es simplemente la habilidad de aprovechar las oportunidades que se presentan. Si uno puede ver las cosas de manera diferente y actuar en consecuencia, entonces uno tiene la habilidad de crear su propia suerte”. Albert Einstein.

La Sociedad de la Información. Quizás muy pocos recuerden este concepto, ya que, tiene su origen a mediados del siglo XX, cuando diversos teóricos empezaron a notar un cambio significativo en las formas en que la sociedad interactuaba con la información generada; lo que se tornó más evidente con la disminución del empleo en las industrias físicas (como la manufactura) y una súbita demanda por los trabajos basados en la información (como la programación o el análisis de datos).

Durante la década de los noventa y comienzos del nuevo milenio, la transición hacia una futura sociedad de la información se aceleró con la digitalización y la adopción del Internet como plataforma de comunicación. Fueron diversos los sectores de la economía que sufrieron esta transformación, pero también surgieron desafíos significativos al incrementarse la dependencia por la información digital y el empleo de la tecnología que, a su vez, ocasionó múltiples preocupaciones en la privacidad, seguridad, propiedad intelectual y desigualdades en el acceso. Este último punto, fue el que llevó al debate mundial sobre lo que se denominó la “Brecha Digital”.

Referirnos a la Sociedad de la Información, es considerar a un mundo donde las Tecnologías de Información y Comunicación (TICs) se encuentran integradas en todos aquellos aspectos relacionados con el crecimiento económico, el desarrollo social y la gobernanza participativa. En este tipo de sociedad, se garantiza el acceso a la información de forma plena y libre, donde el Internet, los teléfonos móviles, las computadoras y otras formas de tecnología digital son empleados por las personas para acceder, compartir y utilizar la información de manera eficiente. Sin embargo, para alcanzar ese grado de sociedad, se requiere de un nivel de educación y alfabetización digital adecuados, por lo tanto, no todas las sociedades pudieron transitar a esta propuesta. Debido a que era fundamental garantizar el alcance de las oportunidades creadas por la tecnología, independientemente de su ubicación geográfica, situación socioeconómica o nivel de educación.

Recuerdo que las instituciones académicas realizaron cursos, seminarios, diplomados y hasta maestrías, generando “expertos” en sociedades de la información, pero con el paso del tiempo, la iniciativa hacia el nuevo modelo social se fue anquilosando en sus propios problemas, donde uno de los principales resultó ser la dificultad para la reducción de la Brecha Digital, aspecto que se volvió más evidente entre diferentes sectores del emporio mundial. Esta diferencia motivada por factores educativos, económicos, técnicos, geográficos y hasta culturales ocasionó que, una gran parte de la población global sea excluida de los beneficios alcanzados por las nuevas sociedades de la información.

Lamentablemente la alfabetización digital resultó insuficiente y no bastó con tener acceso a las tecnologías o al Internet para ser considerada a una sociedad como informatizada. También se requerían de las habilidades necesarias para emplear los recursos tecnológicos de manera efectiva, lo que limitó la posibilidad en el aprovechamiento de aquellas oportunidades que les brindaban las TICs. 

Este proceso incrementó las desigualdades ya existentes, especialmente por el acceso a las comunicaciones centralizado en manos de una pequeña élite, generando una concentración de poder en grandes corporaciones tecnológicas que, sin una regulación adecuada, en algunos casos, decantó en un monopolio administrativo, técnico y comercial. A esto se sumó la sobrecarga de información, debido a los enormes volúmenes de datos (textos, imágenes, audios y vídeos) que comenzaron a circular en Internet, resultando en una propagación incontrolable de noticias falsas que, con los ya múltiples problemas de privacidad y seguridad, forjaron graves preocupaciones en términos de la confidencialidad de la información, por la falta de leyes y reglamentos adecuados o del incumplimiento de los existentes, ocasionando alarmantes violaciones a la privacidad.

Hoy en día, tenemos un otro concepto en boga: La transformación digital. Es evidente que existen algunos aspectos comunes entre aquella Sociedad de la Información de inicios de siglo y la propuesta revolucionaria de la Transformación Digital, puesto que, ambas requieren del uso extensivo de tecnologías digitales para mejorar procesos, servicios y comunicaciones. Sin embargo, ya no se recurre a una sociedad informada sino más bien a un cambio cultural, en el que se acepta y se integra el uso constante de la tecnología en la vida cotidiana, demandando nuevamente la necesidad de habilidades digitales para beneficiarse del uso de otras nuevas tecnologías.

La Sociedad de la Información y la Transformación Digital son dos conceptos fuertemente interrelacionados que se apoyan mutuamente y juntos, trabajan para llevar las ventajas de la tecnología digital a todas las áreas de la sociedad y de las organizaciones, aunque estoy seguro de que, con el paso del tiempo, la transformación digital también quedará como un esfuerzo que logró propulsar parte del desarrollo tecnológico mundial. 

Finalmente, esa receta mágica, la piedra filosofal o el santo grial de la transformación hacia una sociedad informatizada puede que resulte más simple de lo que imaginamos. Únicamente debemos estar predispuestos al cambio, sea con la Transformación Digital, la Sociedad de la Información, la Mejora Continua u otra teoría disruptiva que vaya a ser empleada.