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jueves, 10 de septiembre de 2026

El peso del obturador

 Sobre las máquinas que aprendieron a mirar por nosotros

«Fotografiar es colocar la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo eje».

— Henri Cartier-Bresson

I. Un frío cuerpo sobre el escritorio

Descansa sobre un ricón de mi mesa de trabajo, con la gravedad de un artefacto de otra era, y con su aleación de magnesio que conserva ese peso honesto de las herramientas construidas para durar, casi ajenas a la obsolescencia programada. Es una Nikon D300s.

A través de la bayoneta metálica todavía se logra divisar la ingeniería que conecta el cuerpo con el cristal de un modesto 50 mm de apertura fija, o aquel teleobjetivo con el que solía aislar fragmentos del mundo a la distancia. Mirar la cámara hoy me produce una punzada extraña, una mezcla de culpa y melancolía.

Durante años, la fotografía fue el contrapeso exacto a mis horas de docencia universitaria; un refugio donde el tiempo no se medía en diapositivas ni en lecciones académicas, sino en fracciones de segundo y en la dirección en que caía la luz en la golden hour.

En aquel entonces, domar la luz era un oficio paciente. Había que caminar y esperar a que las sombras alargaran su trazo. Había que entender que el sensor imponía límites en unos cuantos megapixeles y que uno debía aprender a trabajar dentro de ellos.

Hoy, la Nikon acumula un velo casi imperceptible de polvo, testigo mudo de cómo el mundo cambió de prisa mientras mi vida laboral devoraba las horas libres.

II. La liturgia del error

Hubo una época en que hacer una buena fotografía dolía un poco. Implicaba el riesgo palpable de equivocarse. Ya que, conocer el triángulo de exposición conformado por la sensibilidad ISO, la velocidad del obturador, la apertura del diafragma, no era un ejercicio de arrogancia técnica. Era el lenguaje con el que uno negociaba con la realidad.

El diafragma decidía a quién invitabas al encuadre y a quién condenabas a desaparecer en un bokeh suave. La velocidad establecía la frontera entre congelar un aleteo efímero o rendirse al dinamismo de una estela borrosa. Y el ISO recordaba que ganar luz en la penumbra tenía un precio, el ruido. Esa imperfección que terminaba convirtiéndose en parte de la textura de la noche. Después venía la pausa.

Descargar la tarjeta de memoria en la computadora, revisar las imágenes y descubrir que aquella fotografía que parecía perfecta en el instante de tomarla estaba ligeramente fuera de foco. Abrir Photoshop, no como un generador de milagros informáticos, sino como una suerte de cuarto oscuro digital, donde se podía ajustar las curvas tonales, recuperar las luces altas y cuidar los negros. Para finalmente subir la foto digital a Flickr, ese el pequeño rincón que yo habitaba en la red, una comunidad de miradas atentas donde se discutían encuadres, objetivos y metadatos, donde cada imagen publicada era el resultado de una sucesión de decisiones deliberadas.

No quiero idealizar aquella época, no extraño las fotografías perdidas por haber medido mal la luz. Tampoco quisiera renunciar al autofocus, a la estabilización automática, ni a décadas de avances tecnológicos. Sería absurdo confundir dificultad con arte.

Lo que extraño es otra cosa, la sensación de que cada decisión tenía un resultado.

III. La dictadura del píxel

Ayer, el gigante de Cupertino volvió a convocar al planeta para presentar una nueva generación de teléfonos. Y ocurrió algo curioso.

El nuevo iPhone 18 Pro incorpora una cámara principal de 48 megapíxeles con apertura variable. Por primera vez, en un iPhone es posible controlar físicamente el diafragma y ajustar manualmente parámetros como la apertura, la velocidad de obturación y el balance de blancos.

Mientras la industria avanza hacia una fotografía cada vez más sintética, Apple recupera controles que durante décadas pertenecieron al vocabulario tradicional del fotógrafo. Quizás no sea una contradicción, quizás sea una señal. Porque detrás de esos controles físicos continúa operando una extraordinaria maquinaria invisible. Una nueva cadena de procesamiento computacional analiza la información capturada por el ultra sensor digital, combina mega datos y toma decisiones asistidas destinadas a producir una imagen cada vez más detallada y satisfactoria.

Los teléfonos inteligentes ya no se limitan a capturar la realidad, también la calculan, la corrigen y, cada vez más, la sintetizan. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. Ya no necesitamos esperar pacientemente la luz que queremos, la inteligencia artificial puede reconstruir buena parte de lo que la escena no nos entregó.

Una composición puede modificarse después de la captura, un elemento indeseado puede desaparecer, el encuadre puede extenderse más allá de sus límites originales y el vacío resultante puede llenarse con píxeles perfectamente calculados. Y ahí aparece una palabra que me inquieta más que perfecto… plausible.

IV. ¿Dónde termina la fotografía?

Tal vez por eso la pregunta importante ya no sea si un teléfono puede tomar mejores fotografías que una cámara de hace quince años. Por supuesto que puede hacerlo en innumerables situaciones. Tampoco tiene demasiado sentido preguntarse si la inteligencia artificial terminará sustituyendo al fotógrafo, la tecnología lleva sustituyendo partes del trabajo fotográfico desde mucho antes de que utilizáramos esas dos palabras juntas. El fotómetro automatizó decisiones, el autofocus automatizó otras, los modos de exposición hicieron lo mismo. La fotografía digital eliminó el costo del negativo y nos permitió disparar cientos de veces donde antes habríamos pensado cuidadosamente antes de gastar una exposición y Photoshop trasladó el cuarto oscuro a una pantalla.

Cada generación recibió alguna de esas innovaciones con sospecha y terminó incorporándola a su lenguaje. La pregunta contemporánea es diferente: ¿Cuánto puede decidir la máquina antes de que dejemos de considerar nuestra la mirada?

Estamos atravesando una frontera nueva. Capturar, procesar, reconstruir, modificar, generar y publicar. Las palabras parecen describir etapas consecutivas de un mismo proceso, pero en algún lugar entre ellas cambia la naturaleza de aquello que estamos haciendo.

¿Dónde? No estoy seguro.

Quizás nadie lo esté todavía.

Una fotografía tomada con mi vieja Nikon tampoco representa la realidad. Yo elegí el objetivo, la distancia, el encuadre, la apertura, la velocidad, el instante exacto. Después elegí el contraste, la temperatura, la saturación y el recorte.

Siempre hubo interpretación, pero existía una restricción extraordinariamente poderosa: el mundo tenía que ofrecerme algo primero. Yo podía interpretar aquella luz, no podía inventarla. Podía esperar a que una persona cruzara determinada esquina, no podía crearla después porque la composición quedaba mejor con alguien allí. Podía borrar una imperfección mediante la edición.

La historia de la fotografía está llena de manipulaciones mucho anteriores a Photoshop, pero hacerlo significaba intervenir conscientemente sobre el documento original. Hoy esa frontera se vuelve casi invisible, y quizás ese sea el verdadero cambio. No estamos pasando simplemente de la fotografía analógica a la digital, ni de la cámara al teléfono. Estamos transitando lentamente de la captura a la generación.

V. Las memorias que nunca ocurrieron

Durante generaciones utilizamos las fotografías como una prótesis de la memoria, una caja llena de copias familiares que no conservaba simplemente imágenes, conservaba pruebas.

Mi padre estuvo allí, mis hijos alguna vez tuvieron esa edad y yo estuve frente a aquel mar. Esa tarde existió.

Naturalmente, la memoria humana siempre fue imperfecta y la fotografía nunca contó toda la verdad, pero ambas podían apoyarse mutuamente, la imagen servía como una pequeña evidencia física de que determinado instante había sucedido delante de alguien.

¿Qué ocurrirá cuando nuestras galerías comiencen a mezclar fotografías capturadas, imágenes reconstruidas e imágenes generadas ¿Qué sucederá cuando podamos corregir no solo la luz de nuestros recuerdos, sino también su contenido?

Eliminar a quien ya no queremos allí, añadir a quien faltaba y cambiar un cielo, reconstruir un lugar. Inventar el instante exacto que hubiera sido perfecto fotografiar, pero que nunca ocurrió.

Quizás las futuras generaciones no sientan ninguna incomodidad ante ello y nuestra obsesión por distinguir entre captura y síntesis les parezca tan pintoresca como hoy nos parece discutir si una fotografía digital es menos auténtica que un negativo, pero algo habrá cambiado.

La fotografía habrá dejado de decir principalmente: esto ocurrió. Para comenzar a decir: esto podría haber ocurrido. Y entre ambas frases existe un abismo.

VI. El sonido del espejo

Extiendo la mano y levanto mi vieja Nikon del escritorio, su empuñadura de goma gastada encaja todavía a la perfección en la palma. Miro por el visor óptico, ese pequeño túnel de cristal a través del cual la luz del mundo llega directamente mi ojo. Presiono el disparador hasta la mitad, el sistema de enfoque despierta y resuena con una melodía añeja, el lente busca un contraste, encuentra algo. Disparo al aire.

El golpe seco del espejo levantándose y el chasquido metálico del obturador cortando el tiempo resuenan en la habitación como un eco terco. Es un sonido real, no el wav que utilizan los teléfonos inteligentes de hoy. No aparece ninguna fotografía memorable, probablemente ni siquiera sea una buena fotografía. Y, sonrío.

Quizás no sea la fotografía la que esté en proceso de extinción. Quizás sea algo mucho más pequeño y, al mismo tiempo, mucho más íntimo. Una determinada manera de relacionarnos con el acto de mirar, una manera en la que la imperfección no era necesariamente un defecto, en la que esperar formaba parte de fotografiar, en la que no todas las imágenes podían salvarse, en la que había que aceptar que algunas veces la luz llegaba demasiado tarde, que el instante se escapaba o que simplemente habíamos fallado.

Y quizás ahí residía una parte de su belleza, no en la dificultad por si misma, no en la nostalgia por mecanismos, botones o espejos que inevitablemente pertenecen a otra época. Sino en la vulnerabilidad de una mirada humana que aceptaba la posibilidad del fracaso con tal de intentar atrapar un instante irrepetible.

La máquina podrá producir imágenes técnicamente extraordinarias, podrá reconstruir la luz, corregir nuestros errores e incluso imaginar escenas que jamás estuvieron frente a nosotros, pero todavía queda una experiencia profundamente humana que no cabe dentro del archivo moderno, el contener la respiración mientras se espera el milagro de la luz.

jueves, 28 de mayo de 2026

Ecos en el cristal: La metamorfosis de la lectura inmersiva

Hubo un tiempo en que la lectura era un acto de soledad absoluta, un pacto silencioso entre la mirada y el papel donde el único sonido era el roce casi imperceptible de las hojas al pasar. Luego, la tecnología nos prometió la inmersión total: anuncios brillantes que nos mostraban la magia de apuntar una cámara hacia un lomo físico y, de repente, ver cómo el libro cobraba vida a través de una voz digital. Esa promesa de la biblioteca infinita al alcance de una foto me sedujo, pero mi curiosidad, esa que siempre me empuja a buscar el mecanismo bajo la superficie, me llevó a encontrar un camino distinto, uno que no busca la comodidad de lo prefabricado, sino la riqueza de lo híbrido.

He descubierto que la verdadera inmersión no reside en la facilidad de encontrar un audiolibro ya existente, sino en la capacidad de construir un puente entre dos mundos que, de otro modo, permanecerían separados. Mi ritual comienza con la precisión del inglés, esa lengua que posee una estructura arquitectónica, casi matemática, que a veces se siente necesaria para capturar la esencia exacta de una idea técnica o una sutileza literaria. Tengo mis libros digitales en ese idioma, textos que mis ojos recorren con la disciplina de quien busca la raíz del concepto, pero hay algo en la lengua materna, en el castellano, que ofrece una calidez emocional, una resonancia que la traducción automática o la lectura seca no logran transmitir por sí solas.

Es aquí donde el dispositivo deja de ser una herramienta para convertirse en un intérprete invisible. Al utilizar las funciones de accesibilidad de mi iPhone, no estoy simplemente activando un comando de voz; estoy desencadenando una metamorfosis. El texto en inglés, estático y frío en la pantalla, es procesado, traducido y devuelto a mis oídos en la cadencia de mi propia lengua. Es un acto de alquimia digital donde la visión y la audición se entrelazan en una danza constante. Mis ojos siguen el rastro de las palabras originales, comprendiendo la estructura, mientras mis oídos reciben la interpretación en castellano, permitiendo que el significado fluya sin la fricción del esfuerzo intelectual que a veces impone un idioma extranjero.

Esta forma de leer, este giro personal a la lectura inmersiva, me ha permitido habitar un espacio intermedio. No es solo escuchar, ni es solo leer; es experimentar la dualidad de la comprensión. Es como observar un paisaje a través de un cristal que, mientras te muestra la realidad pura, te susurra al oído su significado más profundo en tu propio idioma. En este proceso, la tecnología de asistencia, diseñada originalmente para derribar barreras de discapacidad, se transforma en una herramienta de expansión cognitiva, una extensión de mi propio deseo de entender el mundo con una profundidad que ninguna aplicación comercial podría haber diseñado para mí.

Al final, me doy cuenta de que la tecnología más poderosa no es la que nos entrega el producto terminado y digerido, sino la que nos proporciona los hilos necesarios para que nosotros mismos tejamos nuestra propia experiencia. Al cruzar el puente entre el inglés y el castellano, entre la vista y el oído, he dejado de ser un simple consumidor de contenidos para convertirme en el arquitecto de mi propio flujo de conocimiento, habitando un universo donde las palabras no solo se leen, sino que se sienten como un eco que nace en la pantalla y termina resonando en el centro mismo del pensamiento.

jueves, 8 de mayo de 2025

Scar Tissue

Durante siete días, que se transformaron en un viaje sin retorno, quedé completamente cautivado por las páginas de Scar Tissue, la autobiografía cruda y reveladora de Anthony Kiedis, el carismático vocalista de los Red Hot Chili Peppers. Este tipo de literatura musical - esas memorias que destilan sudor de escenario y lágrimas de backstage - constituye mi verdadera debilidad literaria. Antes de este encuentro, ya había recorrido los pasillos de la memoria con Surrender: 40 Songs, One Story de Bono, bailado con las palabras de Rocket Man de Elton John, y me había estremecido con las biografías de Kurt Cobain y Gustavo Cerati, este último sobre quien ya había escrito con anterioridad. Pero nada me preparó para el impacto emocional de Scar Tissue.


Las noches se convirtieron en testigos mudos de mi fascinación. Recostado en mi sofá favorito, con mi fiel iPhone 7 - que parecía haberse convertido en una extensión de mi mano - reproducía en loop los éxitos de los Red Hot Chili Peppers que servían de banda sonora a mi lectura: desde el hipnótico riff de "Californication" hasta la melancolía urbana de "Under the Bridge", pasando por la energía contagiosa de "By the Way" y la profundidad lírica de "Scar Tissue", la canción que da nombre al libro y que adquirió nuevas dimensiones con cada capítulo leído.


Había preparado meticulosamente esta experiencia. Antes de comenzar la lectura, adquirí en iTunes todos los álbumes relevantes de la banda para mi iPod Classic, ese fiel compañero de viajes musicales. Durante mis jornadas laborales, los auriculares se convirtieron en mi portal personal a los años 90, mientras las palabras de Kiedis resonaban en mi memoria y la música de los Chili Peppers me acompañaba en cada tarea.


Publicado en 2004, Scar Tissue es mucho más que una simple autobiografía rockera. Es un descenso a los infiernos personales que rivaliza en intensidad con la obra de Dante Alighieri. Kiedis nos lleva de la mano - a veces con ternura, otras con brutal honestidad - por los callejones más oscuros de Los Ángeles, donde las drogas, el sexo y el rock and roll dejaban de ser clichés para convertirse en demonios reales. Cada página es un viaje emocional: desde su problemática infancia con un padre traficante de drogas hasta los excesos de la fama, pasando por sus múltiples intentos de rehabilitación.


Lo que hace verdaderamente magistral esta obra es cómo Kiedis, al igual que Dante, logra emerger de su infierno personal para ofrecernos no solo una historia cautivadora, sino un mensaje universal de redención. La forma en que entrelaza sus vivencias con el proceso creativo de canciones que marcaron una generación añade capas de profundidad a ambas experiencias - la literaria y la musical.


Para quienes crecimos con el funk rock revolucionario de los Red Hot Chili Peppers, con su mezcla única de punk, funk y rock alternativo que dominó las pantallas de MTV en los 90, este libro es una pieza esencial. Pero su valor trasciende el ámbito musical: es un estudio psicológico sobre la adicción, un retrato sociológico de una era y, sobre todo, un testimonio de que incluso las caídas más profundas pueden terminar en redención.


Las últimas páginas las leí al amanecer, con "Road Trippin'" sonando suavemente en mis auriculares. Cuando apagué la Kindle, no solo sentía que conocía mejor a Kiedis y su banda, sino que había experimentado algo raro en las autobiografías: la sensación de haber crecido junto al autor, de haber compartido sus errores y aciertos. Ese es el verdadero poder de Scar Tissue: no se limita a contar una historia, sino que te hace vivirla, con toda su crudeza y, finalmente, con su esperanza libertadora.



jueves, 16 de noviembre de 2023

iPhone Soup

Hace algunas semanas, nos encontrábamos en la famosa tienda Apple en la quinta avenida de Nueva York. La fiebre por el iPhone 15 se había desatado a finales de septiembre y muchos fanáticos, totalmente desesperados, deseaban apropiarse de aquel producto sin importar su precio. En la tienda yo hacía de intérprete, ya que, los dispositivos con el logo de la manzana mordida no me atraen, sin embargo, para mis familiares forma parte de sus artefactos favoritos.

Habíamos intentado comprar en línea, pero el sistema indicaba que la entrega se realizaría en aproximadamente cinco semanas después de efectuado el pedido. También, tratamos de conseguir el novedoso equipo en un centro comercial de la ciudad de Orlando, donde nos indicaron que no los tenían en ninguno de sus sabores o colores. Con la última esperanza, en Nueva York, nos dirigimos a la esquina sureste del Central Park.

Descender por las escaleras de caracol de aquella tienda especializada en electrónica, genera mucha expectativa y al llegar al subsuelo, se puede apreciar toda su gama de productos distribuidos en amplias mesas de madera prensada. Me generó curiosidad, la larga fila de compradores que esperaban la atención del personal para poder adquirir un equipo celular.

Esa fila de fieles consumidores la había visto en la tienda de Orlando y nuevamente se apreciaba la misma o mayor demanda en el recinto neoyorquino. Sin otra alternativa, nos formamos en la zigzagueante línea. Creo que pasaron 50 minutos y recién habíamos alcanzado la mitad del circuito cuando uno de los vendedores, de cerca de dos metros y casi 200 kilos, gritó a la multitud: “Únicamente iPhones 15 Pro Max de 1 TB. ¡Siguiente!”. En ese momento me acordé de la serie de televisión: Seinfeld.

El sexto episodio de la séptima temporada de Seinfeld, conocido como “The Soup N@z1”, es una parábola rica en lecciones para los profesionales del marketing y la atención al cliente. La trama se centra en un vendedor de sopas, al que los personajes se refieren al estricto chef como el “Soup N@z1”, debido a su enfoque autoritario.

La primera lección que se puede extraer de este episodio es la importancia de la consistencia del producto. El negocio de sopas ofrece un producto de alta calidad que atrae a los clientes a pesar de su notorio mal trato. Esto demuestra que un producto superior puede, hasta cierto punto, compensar un servicio deficiente.

Sin embargo, la falta de habilidades interpersonales y la rigidez en el proceso de servicio al cliente del arbitrario chef tienen implicaciones negativas para su negocio. En marketing y atención al cliente, la interacción humana juega un papel crucial en la fidelización. El trato hostil que se dispensa a cualquiera que no siga las estrictas reglas al pedir una sopa ilustra la importancia de la flexibilidad y la adaptabilidad en el servicio.

El episodio también resalta la importancia de la experiencia del cliente. El ambiente hostil y el temor de ser rechazado por un comportamiento leve crea una experiencia estresante y negativa. En el mundo real, tal enfoque de “todo o nada” hacia el servicio al cliente probablemente llevaría a la pérdida de compradores y a críticas negativas, algo que cualquier negocio debe evitar para mantener una buena reputación y un crecimiento sostenible.

Otro aspecto importante es la comunicación con el cliente. La comunicación efectiva y clara es crucial para satisfacer sus expectativas. Aunque los personajes principales de Seinfeld eventualmente aprenden cómo ordenar correctamente para evitar la ira del chef, en la realidad, muchos clientes no estarían dispuestos a tolerar tal aprendizaje y preferirían simplemente ir a otro lugar.

Finalmente, uno de los momentos más destacados del episodio ocurre cuando Elaine obtiene una serie de recetas del autócrata chef, lo que destaca la vulnerabilidad de los secretos comerciales en la industria de la alimentación. Esta situación es una advertencia de que la sostenibilidad a largo plazo de un negocio no puede depender únicamente de un producto, por muy excelente que sea. Debe ser apoyada por una marca sólida, una relación positiva con los clientes y estrategias de marketing que promuevan lealtad y recomendaciones boca a boca.

No estábamos dispuestos a pagar una fortuna por el único modelo de celular disponible en ese momento y decidimos probar suerte en otra tienda Apple. Cruzamos Central Park y en el lado este encontramos una, gracias a las indicaciones precisas de Google Maps. Ahí, nos indicaron que, al día siguiente, muy temprano, podríamos lograr adquirir un iPhone 15 con las características que deseábamos.

Como nos habían recomendado, a la mañana siguiente, regresamos a la tienda en la quinta avenida, donde preguntamos de forma puntual y cortés por el iPhone 15 Pro Max de 256 GB. El vendedor sin dudarlo nos indicó que lo tenían, pero únicamente en color blanco.

— Lo queremos.
— ¡Siguiente!