Son las seis de la mañana en Sopocachi y el frío paceño se cuela por las rendijas de la ventana como un viejo acreedor que viene a cobrar su parte del día. En la mesa, el cursor parpadea en la pantalla de la computadora, esperando que yo decida si hoy soy periodista, docente o simplemente un hombre que mira el vacío. Pero mi mirada se escapa hacia el rincón donde descansa la bicicleta, esa máquina de aluminio que, a diferencia de los autos que tanto me aburren conducir, no solo me transporta, sino que me obliga a conversar conmigo mismo.
A veces me pregunto qué pasaría si, en lugar de subir al segundo subsuelo para encender el motor y escuchar las noticias del final del día, simplemente cargara un par de alforjas y pedaleara hacia el sur, o hacia el norte, cruzando esa línea amarilla que separa lo que soy de lo que podría ser.
Emprender un recorrido por el continente no sería un acto de heroísmo, sino de supervivencia espiritual. Ya conozco el sabor del ascenso; he sentido el aire gélido del altiplano golpeándome el rostro mientras trato de conquistar La Cumbre o Chuspipata. Sé lo que es sentir que el corazón está a punto de estallar, que los pulmones no bastan y que el umbral del dolor es lo único que nos separa de la meta. En un viaje por América, ese dolor se volvería mi compañero de ruta, una constante tan real como el asfalto o la tierra inestable de los Yungas.
Imagino la sensación de despertar en una carpa en algún lugar de la Patagonia o la Chiquitania, con el olor a neumático nuevo mezclado con la tierra mojada. No habría salas de espera aburridas de aeropuertos, solo el silencio de la carretera y el clic metálico del iPod al cambiar de canción, recordándome que, aunque el mundo sea inmenso, mi música sigue siendo mi ancla.
Si decidiera irme, llevaría conmigo una lista de cosas que no caben en una maleta, pero que pesan en la memoria: el Garmin en el manillar, ese pequeño testigo que mide mis vatios de potencia y mis miedos; un iPod de primera generación como cápsula del tiempo para los días de soledad en la vía; mi brazalete naranja, recordatorio de que cada kilómetro cuenta en el registro de Strava; y, sobre todo, la pregunta de mi papá, ese "¿para qué?" que resuena cada vez que la pendiente se vuelve insoportable.
Cruzar el continente sería, en el fondo, un intento de recuperar todas las bicicletas que el tiempo y los ladrones me quitaron. Sería volver a ser ese niño en el jardín de mi abuela, pedaleando un circuito imaginario, pero esta vez con el horizonte como único límite.
Sentiría miedo, por supuesto. El mismo miedo que sentí cuando decidí aprender bicicross y me vi rodeado de niños de ocho años que me dejaban atrás en la pista de Achumani. Pero como aprendí en la pista, el vértigo solo se cura pedaleando más fuerte. En el viaje, la soledad sería mi "vecindad", y cada pueblo una oportunidad para darme cuenta del verdadero lugar que ocupo en el mundo.
Al final, si mañana me encontraran en la autopista, con el plato grande puesto y el viento de frente, no sería para batir un récord nacional. Sería simplemente para ver si soy capaz de sostener el ritmo, de no detenerme ante el mareo o el cansancio, y de llegar a la meta no por la medalla, sino por el abrazo que me esperaría al final, o quizás, por el silencio de haberlo intentado.
Como dijo alguien una vez, somos fruto de un mal día. Quizás el gran viaje comience el día que decida que este escritorio ya no tiene nada más que decirme y que la respuesta a ese "¿para qué?" solo se encuentra allá afuera, donde el mapa se borra y la vida comienza a cada pedaleada.
Sigo mirando el cursor. Todavía no me he ido. Pero la bicicleta, en el rincón, parece estar conteniendo la respiración.